EL PLACER DE LA CULTURA

viernes, 22 de septiembre de 2017

Lo que queda del convento de Santo Domingo de Madrid

El convento de monjas dominicas de Santo Domingo de Madrid fue fundado a principios del siglo XIII a partir de la iniciativa del propio Santo Domingo de Guzmán. Se ubicó entonces extramuros de la villa, hacia el norte, en terrenos actualmente ocupados por la cuesta y plaza que conservan el nombre del monasterio, entre la Gran Vía y la Plaza de Isabel II.
El monasterio fue protegido por los reyes de Castilla, que le otorgaron cuantiosas donaciones. Fue además elegido por las familias nobiliarias madrileñas para que sus hijas tomaron los hábitos en él. El edificio fue creciendo paulatinamente durante los siglos finales de la Edad Media hasta llegar a ocupar una superficie considerable. Además pronto surgió a su alrededor un arrabal, formado principalmente por campesinos.

Estatua orante de Pedro I de Castilla
Foto: Fernando Velasco Mora

Su momento de esplendor llegó en el siglo XV cuando fue su priora doña Constanza de Castilla, nieta de Pedro I, llamado el Cruel, que transformó el monasterio en panteón real. En efecto trasladó los restos de su abuelo, que había muerto a manos de Enrique de Trástamara, hermano del monarca castellano y usurpador de su trono, así como los de su padre, el príncipe Juan; asimismo varias infantas de Castilla fueron enterradas en Santo Domingo. Posteriormente los Austrias realizaron también donaciones importantes al convento, especialmente Felipe III y Felipe IV, lo que posibilitó la ampliación y reforma del edificio medieval.

 
 Sarcófago de doña Constanza de Castilla
Foto: Fernando Velasco Mora

 En 1869 fue demolido y su compleja y rica arquitectura se perdió, incluida su peculiar iglesia de dos naves y su bello ábside de ladrillo, de estilo mudéjar e influencia toledana. También desapareció un gran retablo del siglo XVII.
El convento conservaba una pila bautismal en la que, según la tradición, había recibido bautismo Santo Domingo. Estaba en el coro bajo de la iglesia, junto a las sepulturas reales y se salvó de la destrucción al pasar a formar parte del Real Patrimonio, ya que en ella se han bautizado infantes y príncipes, incluido el actual rey Felipe VI.

Escultura orante del obispo Alonso de Castilla
Foto: José Luis Municio Bacía

Afortunadamente ya se había creado, dos años antes de la demolición, el Museo Arqueológico Nacional, y algunas de las obras de arte más destacadas del convento fueron salvadas y trasladadas a él. Actualmente se conservan en el MAN cinco obras procedentes del Convento, todas ellas de carácter funerario: la estatua orante de Pedro I de Castilla, el sarcógafo de doña Constanza de Castilla, la escultura sepulcral del obispo de Calahorra, Alonso de Castilla y un relieve de la Asunción de la Virgen y una Virgen con niño que decoraban la capilla episcopal. Se conserva también una cabeza de paje que podría haber formado parte del sepulcro de Pedro el Cruel, pero que es de factura muy diferente.

Escultura orante del obispo Alonso de Castilla
Foto: José Luis Municio Bacía


martes, 5 de septiembre de 2017

Mudéjares de Madrid

Tras la conquista de Madrid por Alfonso VI de Castilla en 1085, los musulmanes de la ciudad pasaron a ser mudéjares, es decir, conservaron su fe, pero bajo el poder cristiano. Aunque posiblemente muchos de ellos abandonaron la ciudad y otros fueron hechos cautivos, los que se quedaron en Madrid mantuvieron su religión y sus costumbres, aunque fueron sometidos a una situación de inferioridad jurídicas con respecto a los cristianos, como podemos observar en el Fuero de 1202. Véase este ejemplo, tomado de la excelente edición realizada por La Librería y el Ayuntamiento en el VIII centenario del código:

LXVIII-Acerca de los moros [apresados] con hurto.

Todo moro cogido con cosa hurtada, si fuere libre, ahorcarlo; mas si fuere cautivo, córtenle el pie. El moro que hiera o mesara a un cristiano y hubiere testigos, moro y cristiano, de que aquel hirió primero, redima su mano con sesenta sueldos, si se querellanse [el cristiano] a los fiadores. Quien mesara o hiriera a un moro libre, pague a su señor un maravedí. Cualquier moro que hiere a otro moro, ambos cautivos, peche un maravedí a su amo…

Los mudéjares se congregaron en la colina de San Andrés, zona de arrabal, fuera del recinto murado, donde la toponimia conserva la memoria de esta presencia mudéjar: calle y plaza de la Morería, puerta de Moros, plaza del Alamillo, plaza de la Paja, etc.


Detalle de la Topographia de la Villa de Pedro de Texeira (1656)

Se organizaron jurídicamente en forma de aljama y se dedicaron sobre todo a la construcción y a la fontanería. Los que eran de condición libre gozaron de la protección real, porque pagaban impuestos especiales al monarca, bien una cantidad fija o bien 1/9 o 1/10.

XCVI-Facultad[es] del juez [local].

El juez local no pronuncie sentencia menos con motivo de hombres de su casa o de hombres de la Corte real o de moros o judías, que pertenecen al Rey o en el Concejo mayor, sino que permanezca en el tribunal judicial y los voceros transmitan las decisiones y administren justicia los alcaldes, y de quien hubiere de tomar caloña, tómela.

lunes, 21 de agosto de 2017

El atentado del cura Merino

Martín Merino y Gómez es uno de los dos curas históricos del siglo XIX español que llevan el mismo primer apellido, por lo que no debe confundirse con el burgalés Jerónimo, guerrillero absolutista contra el francés. Martín era riojano, natural de Arnedo, ingresó muy joven en un convento franciscano que abandonó para hacerse también guerrillero en la lucha contra Napoleón, aunque se exilió precisamente a Francia a causa del absolutismo de Fernando VII, puesto que era liberal. Durante la guerra se ordenó sacerdote y más tarde se secularizó. Estuvo presente en la jornada del 7 de julio de 1822 en la Plaza Mayor defendiendo a la Pepa frente a las tropas del rey. Más tarde sufrió prisión por sus ideas liberales y tras salir de la cárcel volvió a Francia. Después de la muerte de Fernando VII regresó a España y se asentó en Madrid, donde ejerció como sacerdote en San Sebastián y San Millán y donde frecuentaba cafés en los que los liberales más exaltados conspiraban, como el Lorenzini. Poco a poco se fue fraguando en su mente la idea de atentar contra el moderado Narváez y contra la reina Isabel II. 
El 2 de febrero de 1852, cuando tenía Merino tenía ya 63 años, escondió un puñal entre sus ropas talares y se fue hacia el Palacio. La Gaceta de Madrid publicada el día siguiente relata así lo sucedido: “A la una y cuarto de esta mañana al salir S. M. la Reina nuestra Señora de la Real Capilla, y al paso por la galería derecha, ha recibido una herida que, después de haber rozado en el antebrazo derecho, se encuentra en la parte media anterior y superior del hipocondrio del mismo lado, la cual tiene de siete el ocho líneas en su diámetro trasversal”.
Merino, tras lograr introducirse en Palacio, se había acercado a la reina, en ademán de entregarle algún memorial o petición o un presente, y sin embargo lo que acabó haciendo fue clavarle el puñal que ocultaba.  La reina cayó herida, pero los alabarderos de la Guardia Real evitaron el asesinato y Merino, sin oponer resistencia, fue detenido. Tras declarar haber actuado solo, fue condenado a la pena de muerte en el garrote vil, que se ejecutó sólo cinco días después del atentado, tras la degradación de los derechos sacerdotales del condenado, en el Campo de Guardias, situado extramuros al norte de Madrid, y su cadáver fue quemado. La reina se recuperó de sus heridas y su reinado se prolongó 14 años más. La investigación sobre el atentado concluyó que Merino había procedido en solitario.

                           Estampa cromolitográfica del Museo Nacional del Romanticismo (nº inv. CE3809)                             
que representa el Regicidio del cura Merino. Finales del s. XIX

miércoles, 16 de agosto de 2017

Galdós en Florencia

En el verano de 1888 Benito Pérez Galdós realizó un viaje por Italia en compañía de su amigo José Alcalá Galiano, por entonces cónsul español en Newcastle. Ambos recorrieron Turín, Milán, Verona, Venecia, Padua, Bolonia, Florencia, Roma y Nápoles. En el otoño de aquel mismo año Galdós publicó en el diario bonaerense La Prensa una serie de crónicas del periplo italiano, que también resumió en sus Memorias de un desmemoriado (1915-1916). De esta obra rescatamos un fragmento que se refiere a la opinión del escritor canario sobre Florencia como ciudad del arte por excelencia.
Una escena en la Loggia dei Lanzi le sirve al autor de Fortunata y Jacinta para expresar esta idea:

Sigue por diversas calles, donde puedes admirar hermosas estatuas, que en Florencia las calles son museos admirables, y pasito a paso llegarás a la la plaza de la Signoria, donde verás la famosa Loggia dei Lanzi. ¡Oh, qué maravilla! ¡Qué prodigio de arte! Bajo unas arcadas sostenidas por columnas de piedra, se ven obras estupendas como el Perseo, de Benvenuto Cellini, El Robo de las Sabinas, de Baccio Bandinelli, y otras obras de la antigüedad y del Renacimiento. Cuando mi amigo y yo entrábamos en la Loggia empezó a llover, y todos los chiquillos que en la plaza vendían fósforos y periódicos, así como los pobres vendedores de golosinas, corrieron a guarecerse bajo las arcadas, donde existe a la intemperie uno de los más bellos muscos del mundo. Y aquí se ve lo extraordinario y peregrino del caso. Entre las bellas estatuas juegan los chiquillos traviesos y toda la pobretería de la ciudad, sin que en el curso de los siglos se advierta en los mármoles y bronces el menor deterioro, ni una rotura ni un rasguño. Y es Florencia el pueblo único donde existe, no sólo el respeto, sino el culto del arte, así en la aristocracia entonada como en la plebe mísera. 



















sábado, 8 de julio de 2017

Japón en versión madrileña, nueva exposición en el Thyssen

El Museo Thyssen ha inaugurado una pequeña pero deliciosa exposición titulada Madama Butterfly y la atracción por Japón. Madrid, 1868-1915, que permanecerá abierta hasta el 27 de agosto. De acceso gratuito, permitirá al visitante adentrarse en el fascinante mundo de la mirada hacia el lejano Japón desde la España del Sexenio Progresista y la Restauración Borbónica.
La muestra es fruto de la colaboración entre el Museo Thyssen-Bornemisza y el Teatro Real y tiene como punto de partida el estreno el 20 de noviembre de 1907 en Madrid de la ópera Madama Butterfly de Giacomo Puccini. Coincidiendo con una nueva programación de la popular ópera el comisario de la muestra, Juan Ángel López Manzanares, ha conseguido reunir más de cuarenta piezas de formato muy diverso que ilustran el contexto de aquel estreno en relación con la moda japonista, muy presente en la Europa de aquella época, incluso en una ciudad poco abierta entonces a influencias foráneas como Madrid.

Pedro Sáenz y Sáenz. Crisantemas. C. 1900. Propiedad de la Excma. Diputación Provincial de Málaga

Un destacado apartado está dedicado al propio estreno de la ópera de Puccini en el Teatro Real de Madrid, en 1907, bajo la dirección de Luis Paris. En él se pueden contemplar por vez primera las fotografías de geishas utilizadas para diseñar los decorados y mobiliario, así como los figurines originales, obra de Joaquín Xaudaró. Asimismo se ilustra la popularización de la cultura nipona a través de la moda, el teatro y la música de la época.

El visitante puede disfrutar también de algunos ejemplos del coleccionismo madrileño de arte nipón, como unas espléndidas estampas atesoradas por Joaquín Sorolla o las que ingresaron hacia 1915 en el Museo Nacional de Artes Industriales. Asimismo se incluyen algunas obras de artistas españoles activos en Madrid en la época que cubre la exposición que muestran la atracción por lo japonés, como un encantador cuadro de Pedro Sáenz, los curiosos retratos anónimos de María Cristina y Alfonso XIII ataviados al estilo nipón, o las ilustraciones de Joaquín Xaudaró.


martes, 27 de junio de 2017

Paisajes primordiales

Hasta el 20 de julio puede verse en la Casa de América de Madrid la exposición 'Watkins, el paisaje de Estados Unidos en la colección fotográfica de Sorolla', comisariada por Mario Fernández. Es una impresionante muestra de la colección de fotografías que Carleton Watkins, uno de los pioneros de la fotografía en los Estados Unidos en el siglo XIX, realizó para Collis Huntington. Su hijo, Archer Milton Huntington, fundador de la Hispanic Society, regaló esta muestra a su admirado Joaquín Sorolla posiblemente con el objetivo de que el valenciano viajase al lejano oeste norteamericano para pintar los impresionantes paisajes captados por la cámara de Watkins, lo que finalmente no se llevó a cabo. Se trata de imágenes del parque natural de Yosemite captadas en la década de los sesenta del siglo XIX, fotografías que conmovieron a Abraham Lincoln y que estimularon la declaración de Yosemite como parque nacional.


Cuando se ven estas fotografías, conservadas en el Museo Sorolla, se siente la emoción de estar viendo un planeta virginal. Da la impresión de que los paisajes que contempló y captó Watkins con su monumental cámara nunca habían recibido antes mirada alguna. Pero además uno tiene la sensación de que el autor estaba inventando la fotografía en aquel mismo instante, de que estaba creando un lenguaje nuevo para traducir aquel paisaje primigenio y hacer al espectador partícipe de esa primera mirada. Se intuye el titánico esfuerzo de Watkins para llegar a tan remotos parajes con un pesado cargamento necesario para poner en práctica la ardua técnica del colodión húmedo, que obligaba a disponer de una cámara de grandes dimensiones para colocar las placas de vidrio y trasladar también todo un taller portátil porque el revelado tenía que ser inmediato. El resultado no puede ser más impresionante, con imágenes de un detalle y una nitidez sobrecogedoras y una atmósfera sublime, sobrenatural.

martes, 30 de mayo de 2017

Antonio Machado en el Café Español

Antonio Machado frecuentó los cafés de Madrid desde su adolescencia. En ellos practicó la bohemia, se inició en la escritura y se introdujo en el mundillo literario. Pero casi siempre buscó los locales alejados del centro, solitarios y tranquilos, de acuerdo con su carácter algo huraño, alérgico a los oropeles y las adulaciones.
Uno de esos cafés era el Español, que había abierto sus puertas en la Puerta del Sol antes de la reforma urbana de mediados del siglo XIX, remodelación que provocó su traslado en 1851 hasta la esquina de la calle Carlos III con la de Vergara. Su proximidad al Teatro Real, inaugurado poco antes, propició que frecuentaran el café músicos y espectadores, aunque casi siempre fue un local tranquilo y algo apartado del centro cafetero de la ciudad. No obstante, en algunas etapas de su historia acogió pequeñas representaciones teatrales y conciertos y contó durante muchos años, ya en el siglo XX, con un famoso pianista ciego que animaba con sus notas el local. Finalmente en 1935 echó el cierre; el penúltimo de los negocios que ocupó el local fue una famosa tienda de instrumentos musicales, sustituida hace algunos años por uno de esos horrendos establecimientos dedicados a la venta de souvenirs que infestan el centro de Madrid.
Antonio Machado acudió a este café, sobre todo desde 1932, año en el que por fin obtuvo su plaza de profesor de francés en Madrid. Muy cerca, en la calle Mesón de Paños, habían visto la luz seis años antes los poemas de Nuevas Canciones.


Ramón Gómez de la Serna se refiere en su obra Los Machado a la presencia de Antonio y Manuel, los hermanos poetas, en el Café Español: Pero, aun estando tan unidos tienden a bifurcarse las vidas de los dos hermanos. Siempre Manuel ha visto la España graciosa y alegre y siempre Antonio ha visto la España meditativa y trágica, pero yo podría precisar —y precisaré un día— cuándo se realizó la verdadera desviación de los dos caminos que iban parejos. Así como a Manuel se le encontraba sólo en la encrucijada de colmados que he descripto, a Antonio sólo se le veía en un café sórdido que era también de mi predilección: el café Español, frente al Teatro Real. Allí, entre un público fagocitario —no sólo por su calidad de fagocitos, sino porque algunos tocaban el fagot en la orquesta de la Ópera o en la banda de alabarderos— nos desayunábamos a las siete de la tarde. Yo con mi mujer me establecía en los divanes de enfrente a una de sus ventanas, y Antonio se colocaba de espaldas a la luz, junto al quicio de la misma ventana. Nos saludábamos con buena fe y reconocimiento y comenzábamos la novena de la meditación y de la oración en el café modesto.Estábamos muy solitarios. A lo más llegaban hasta él, para formar la exigua tertulia sus hermanos, destacándose la sonrisa escéptica y retozona de Manuel, que sobre las ocho u ocho y media se escapaba hacia el barrio de la cuchipanda.Pero un día comenzaron a llegar columnas móviles de jóvenes tentadores que le ofrecían cierta jefatura ideal. Él se había defendido siempre de jefaturas y tentaciones, pero sintiéndose ya finalista aceptó una última esperanza. Coincidiendo con eso, cerraron el café Español, en cuyo sensato ambiente de modestia comprendíamos mejor la pobreza estratagémica de lo español, y poco después encontramos un tramo más allá, ya traspuesta la rampa de la cuesta de Santo Domingo, ya en medio de la confusión del centro, el café sustitutivo: el café de Varela.


jueves, 4 de mayo de 2017

El Madrid de Antonio Machado

La relación entre literatura y vida se manifiesta de manera evidente en la ciudad. Madrid ha sido siempre, sobre todo desde la llegada de la Corte en 1561, protagonista de muy variadas obras literarias. Escritores de todo tipo, madrileños de nacimiento o de adopción y viajeros, más o menos ocasionales, se han sentido atraídos por la ciudad y no han podido resistirse a trasladar al papel su palpitante vitalidad.

Antonio Machado pertenece al grupo de los madrileños adoptados. Y es que son muchos los lugares de Madrid ligados a la figura de Antonio Machado, aunque pocos los recuerdos oficiales de su larga estancia en la ciudad desde que llegó en 1883 hasta que marchó por última vez al comienzo de la Guerra Civil: las casas en las que vivió, los centros en los que estudió o fue profesor, los cafés que frecuentó, los teatros en los que estrenó sus obras, los periódicos, revistas o editoriales que publicaron sus poemas, etc. Durante este largo periodo sólo vivió de manera permanente en Madrid entre 1883 y 1896 y entre 1932 y 1936, pero cuando tuvo su residencia en París, Soria, Baeza o Segovia, Machado visitó la ciudad con mucha frecuencia y estuvo permanentemente vinculado a ellas por motivos familiares, profesionales y personales.

Comenzamos un ciclo organizado por la Biblioteca Regional de Madrid con recorridos biográficos y literarios por el Madrid de Machado, siguiendo un orden cronológico e incluyendo la lectura de fragmentos de sus obras. Los títulos de los paseos, extraídos del famoso Autorretrato del autor sevillano, son los siguientes:

4 de mayo: Mi juventud, veinte años en tierra de Castilla
11 de mayo: Dejar quisiera mi verso, como deja el capitán su espada
18 de mayo: Converso con el hombre que siempre va conmigo
25 de mayo: Me encontraréis a bordo ligero de equipaje


lunes, 1 de mayo de 2017

Celebramos la fiesta de la Comunidad de Madrid con la Biblioteca Regional

Como el año pasado, celebramos en este 2017 la fiesta de la Comunidad de Madrid con un itinerario organizado por la Biblioteca Regional, que realizamos tanto el día 2 de mayo como el 3. En este paseo guiado rememoramos los sucesos de 1808 y recorremos algunos de los lugares más emblemáticos del levantamiento, de la mano de los documentos históricos y de la recreación literaria de Benito Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales.

Portada de El dos de mayo o los franceses en Madrid: novela histórica, de Manuel Vázquez Taboada. Murcia y Martí Editores, 1866. Biblioteca Regional de Madrid


martes, 18 de abril de 2017

La Fuente de Apolo, según Ramón

Dice Ramón Gómez de la Serna en su Elucidario de Madrid que “El Prado son los Campos Elíseos de Castilla, planicie de aire profundo, de honda serenidad”. Y de esos Campos emergen tres maravillosas fuentes diseñadas por el gran Ventura Rodríguez y dedicadas a Cibeles, Apolo y Neptuno. La que se encuentra en el centro del Salón del Prado, la de Apolo o de las Cuatro Estaciones, corazón físico y simbólico de la composición, “tiene cuerpo o tronco de panteón”, según Ramón. “Los mascarones por los que sale el agua están bien, aunque es doloroso como ver un vómito de sangre ver echar a un mascarón el agua por la boca”.

 Fuente de Apolo o de las Cuatro Estaciones.
Fotografía de Eduardo Escudero. 2015

Según Gómez de la Serna “el agua de la fuente de Apolo cae en tres conchas, conchas eternas hechas para soportar el agua de las fuentes como las otras para soportar el agua del mar. En vez de agua parece que debía caer de ellas besamel; pero su baba tiene un dulce de caramelo en que se mezcla el encanto de los días de Madrid”.

 Detalle del Invierno. Fotografía de Eduardo Escudero. 2017

Asegura Ramón que “ante esta fuente, Fígaro se detenía y veía la perspectiva de las estaciones, sobre todo la de invierno, que representa el mendigo de pantalones atados por debajo de la rodilla, como se los atan con una cuerdecita los miserables para no perder el calor que guardan; atadura igual a la que evita que se les salga la sustancia a los pellejos llenos de aceite o de vino. Toda la estatua es invernal; hasta los racimos en piedra son racimos de uvas heladas, uvas de invierno. Es la fuente del hombre con capa y con una copa con brasas en la mano”.


lunes, 27 de marzo de 2017

Dos Emilios españoles en el Prado

El Museo del Prado presenta a través de la exposición La infancia descubierta (hasta el 15 de octubre de 2017) una obra adquirida el año pasado y apenas conocida anteriormente. Se trata de un óleo sobre lienzo de Antonio María de Esquivel, fechado en 1855, es decir dos años antes del fallecimiento del pintor que inmortalizó a las principales figuras de la intelectualidad española de su época en una reunión ficticia en su estudio.
Es un doble retrato infantil que atrae por su belleza y calidad pictórica y por el singular atuendo de los protagonistas. Los niños son Raimundo Roberto y Fernando José, hijos de la infanta Josefa Fernanda de Borbón y sobrinos del rey consorte Francisco de Asís. Descalzos y vestidos tan sólo con pieles, provoca una sonrisa comprobar que los pequeños salvajes están limpios, aseados y bien peinados. Se podría decir que los niños parecen haberse disfrazado de pastorcillos de la Arcadia. La composición piramidal, que completa un perro, casi tan cuidado como los infantes, es de un clasicismo que contrasta con el contexto selvático. Las figuras, fuertemente iluminadas delante de un brumoso bosque, destacan por su carácter escultórico.
El cuadro trata de ilustrar los ideales del liberalismo en relación con la educación libre y rousseauniana, que defendía el padre de los niños, el escritor nacido en Cuba José Güell. El más pequeño, Fernando José libera a unos pajarillos encerrados en una jaula, acción simbólica que subraya el texto que podemos leer en el collar del perro: Libertad.


Rousseau pensaba que la educación era el medio para que los seres humanos asumieran su papel de ciudadanos libres, soberanos y conscientes de sus derechos y deberes en una nueva sociedad. Pero el sistema educativo de su época era incapaz de realizar esta misión, por lo que propuso una renovación pedagógica desde la Ilustración, fundamentalmente a través de su obra Emilio (1762). La corrupción que conlleva la vida en sociedad lleva al ginebrino proponer el estado de naturaleza como punto de partida para la educación. Rousseau consideraba que el niño era un ser diferente esencialmente al adulto y estaba convencido de que la formación tenía que partir desde esta premisa y considerar las capacidades y los intereses del niño en cada una de sus etapas de desarrollo. El niño no debe adquirir conocimientos a través de los libros, sino mediante la observación y la experimentación, utilizando sus sentidos de manera natural,  mediante el juego, estimulando el deseo de aprender.
José Güell y Renté, nacido en La Habana en 1818, de padre catalán y madre cubana, fue un hombre de indudable carácter liberal y conocedor de los postulados de Rousseau. Doctor en Derecho Civil por la Universidad de Barcelona, tuvo que vencer obstáculos casi insuperables para casarse en secreto con doña Pepita, la hermana del rey consorte de Isabel II, a la que había conocido casualmente. Tras haber sido desterrado en Francia, participó en la Revolución de 1854, y fue elegido diputado en las Cortes Constituyentes. Participó en otros acontecimientos políticos en España y escribió en los principales periódicos, hasta que regresó a su Cuba natal, donde luchó contra la esclavitud y para mejorar la Universidad de La Habana.
En la exposición, puede leerse un texto revelador junto al cuadro, un poema escrito en la misma fecha en que se pintó el óleo, dedicado por Güell a su hijo Raimundo, que efectivamente armoniza con la obra pictórica de Esquivel y que nos permite comprenderla mejor:

No te importe vivir en la pobreza.
Si puedes aspirar al aire puro.
Y ver la luz del sol y la grandeza
De la noche que llena el cielo oscuro
[…] Y no adornes tu frente con laureles.
Ni que la luz del sol nunca te vea,
Ridículo, vestido de oropeles
Ni del poder llevando la librea.


martes, 7 de marzo de 2017

Galdós, visionario del turismo en Toledo

Galdós incluye algunos de sus recuerdos de Toledo en sus Memorias de un desmemoriado, así como una curiosa reflexión en relación con el Alcázar y con el famoso hotel Castilla, edificio que es actualmente sede de la Tesorería General de la Seguridad Social en la ciudad. Se trata de una construcción ecléctica erigida en el solar del desamortizado convento de San Agustín e inaugurado en 1891. Fue uno de los primeros hoteles españoles en tener cinco estrellas y alojó a viajeros ilustres como Rainer Maria Rilke o el propio Benito Pérez Galdós.

Actual sede de la Tesorería General de la Seguridad Social en Toledo,
antes Hotel Castilla

Pero el escritor canario fantasea con transformar en hotel otro edificio toledano para acoger a los que ya empezaban a ser, hacia 1890, numerosos turistas en la ciudad del Tajo: Ahora que tanto se habla de turismo, ninfa mía, se me ocurre que Toledo debiera ser uno de los lugares de la Tierra más frecuentados de viajeros y artistas. Existe aquí el magnífico Hotel Castilla, construido por el inteligente prócer marqués del Castrillo, pero es de reducidas dimensiones. ¡Qué fabuloso número de extranjeros atraería Toledo si el Alcázar fuera convertido en un hotel! Esto es un sueño, esto es imposible, pero a mí me gusta lanzarme a la región de las bellas hipótesis. Yo me imagino las salas, las anchas crujías y la grandiosa escalera de aquel inmenso edificio invadidas por un gentío procedente de todas las partes del mundo. Decía Carlos V que no se sentía Emperador sino cuando subía por aquella escalera, tan grande como una catedral. El patio es de suprema elegancia; en el centro se ha colocado, no ha mucho, la estatua de Carlos V, vestido a la romana, encadenando la Herejía. Es obra de Pompeyo Leone. Ocioso creo hablarte, querida ninfa, que la capacidad del Alcázar en todos sus pisos…; pero dejémonos de ensoñaciones quiméricas, que aquí está bien instalada la Academia de Infantería, y no nos corresponde a nosotros alterar caprichosamente la realidad de los hechos. ¿Estás conforme? Pues vámonos al Hotel de Castilla, donde hallaremos excelente trato y una sociedad escogidísima de franceses, ingleses y yanquis".

lunes, 20 de febrero de 2017

Salvemos la casa de Ramón y Cajal

Santiago Ramón y Cajal tuvo su último domicilio en Madrid en el número 64 de la calle Alfonso XII, frente al cerro de San Blas, sobre el que se construyó el Instituto que llevaba su nombre. Allí vivió desde 1912 hasta su fallecimiento en 1934, allí investigó incansablemente y desde su terraza contemplaba con su pequeño telescopio el cielo estrellado en las noches de verano.


Es un magnífico palacete, diseñado por Julio Martínez-Zapata y ampliado por Ricardo García Guereta. Hoy se encuentra en grave peligro de desaparición, por lo que solicitamos tu apoyo para que no sea víctima de la piqueta. Más información aquí:
https://www.change.org/p/salvemos-la-casa-de-ram%c3%b3n-y-cajal-antes-de-que-sea-tarde?utm_medium=email&utm_source=notification&utm_campaign=petition_signer_receipt

lunes, 30 de enero de 2017

Durero, historia de un autorretrato

En una de las salas del Museo del Prado Durero nos mira desde el siglo XV. Bajo la ventana que se abre al fondo del autorretrato, pintado en 1498, puede leerse: Lo pinté según mi figura. Tenía veintiséis años. Albrecht Dürer. Se trata, por cierto, del artista renacentista que más veces se pintó a sí mismo.

Alberto Durero. Autorretrato. 1498, Óleo sobre tabla. Museo Nacional del Prado, Madrid

El cuadro estaba en el Ayuntamiento de Núremberg cuando en 1636 Carlos I de Inglaterra lo recibió como regalo, David Murria compró la pintura en la almoneda del rey y en 1654 fue adquirida por un agente de Felipe IV y consta en los inventarios del Real Alcázar. De las colecciones reales pasó al Museo del Prado.

En el siguiente video analizamos de manera lúdica esta obra: https://www.youtube.com/watch?v=Q4owPO_DoVQ&t=51s


miércoles, 4 de enero de 2017

Que esperen los Reyes Magos

Este año 2017 celebramos el centenario del nacimiento de la poeta Gloria Fuertes, fallecida en 1998. 


Qué mejor que recordar a esta popular mujer, una de las voces más importantes de literatura para niños y también una destacada poeta no infantil, con un villancico en vísperas de la festividad de los Reyes Magos:

Ya está el niño en el portal
que nació en la portería,
San José tiene taller,
y es la portera María.

Vengan sabios y doctores
a consultarle sus dudas,
el niño sabelotodo
está esperando en la cuna.

Dice que pecado es
hablar mal de los vecinos
y que pecado no es
besarse por los caminos.

Que se acerquen los pastores
que me divierten un rato
que se acerquen los humildes,
que se alejen los beatos.

Que pase la Magdalena,
que venga San Agustín,
que esperen los reyes magos
que les tengo que escribir.

El villancico en la voz de Paco Ibáñez: https://www.youtube.com/watch?v=GVThvvwpCto