EL PLACER DE LA CULTURA

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Los mercadillos navideños de Madrid

Al menos desde mediados del siglo XVIII Madrid cuenta con un mercadillo navideño o, mejor dicho, dos. Si en la Plaza Mayor se podían comprar los alimentos más característicos de las Navidades, entre ellos los dulces, los pavos y los pollos, en las cercanas plazas de Provincia y Santa Cruz, “las plazas siamesas”, como las denominaba Ramón Gómez de la Serna, podían adquirirse objetos tan navideños como las figuritas del belén y los instrumentos musicales típicos de estas fechas.

Seguramente el testimonio literario más antiguo que se refiere a estos mercadillos es el del sainete de Ramón de la Cruz titulado El hambriento de Navidad, de 1763. Estos son algunos de los gritos que se oían en la Plaza Mayor, al menos en su versión sainetera:

¡Jalea!

¡Perada!

¡Chorizo!

¡Turrón!

Granadas, naranjas,

merluza, salmón,

besugo, aceitunas,

tortas y acitrón.


En medio de la plaza todo era gritar:


¡Lombarda!


¡Escarola!

¡Pavos!

¡Mazapán!

Gallinas, capones,

perdices, zorzal,

cascajo, camuesas

y mil cosas más.

Mucho después, el periodista y cronista Pedro de Répide se refería así al mercado navideño de la Plaza Mayor en los años 20 del siglo pasado, cuando ya se incorporaron algunos productos no gastronómicos: “Un aspecto singularísimo de la Plaza Mayor es la feria de Navidad, aspecto que ya tiene tradición, pues hay un sainete de don Ramón de la Cruz, que así la describe. Es un mercado pintoresco que parece dispuesto por y para Gargantúa, en los días que se celebra la Pascua del Nacimiento de Cristo. Las manadas de pavos ocupan la calzada, donde se apretuja la gente ante los puestos y tenderetes; donde, junto a los sacos de cascajo, esplenden su tesoro de color las naranjas de Levante y de Andalucía, los plátanos de Canarias y las frutas americanas. Alicantinos y jijonencos instalan sus turrones, sus jaleas y sus guirlaches, sabrosa perpetuación de la confitería morisca. Y en otros mostradores se ostenta la fábrica del estruendo, con los panderos y los tambores, lo rabeles y las zambonas, que atruenan las calles y las casas” (Las calles de Madrid, Ed. La Librería, Madrid, 1995).

Sobre Santa Cruz escribe el propio Répide: “Esta plaza, una de las tradicionales de Madrid, conserva todos los años por Navidad su pintoresco aspecto de mercado de figurillas de barro, para componer los «Nacimientos», y de panderos, tambores, rabeles y zambombas con que dar ruidoso acompañamiento al cántico de los villancicos” (Íbid.)


También en la Plaza de Provincia, Alfonso Sánchez Portela captó la instantánea de una de las vendedoras de pavos que conducían a los animales vivos por las calles de un Madrid con menos tránsito de vehículos y con el palacio de Santa Cruz, actual sede del Ministerio de Asuntos Exteriores, como telón de fondo. Corrían las Navidades de 1925.

Fue después de la Guerra Civil, cuando los puestos se concentraron en la Plaza Mayor, hasta que en 2008 el Ayuntamiento decidió volver a dividir en dos el mercadillo: los artículos de broma se venden en las plazas de Santa Cruz y Provincia y las figuritas de belén y las panderetas en la Plaza Mayor.

viernes, 14 de diciembre de 2012

La entrada de Wellington en Madrid el 12 de agosto de 1812

La incontestable victoria del bando hispano-británico conseguida sobre las tropas napoleónicas del mariscal Marmont el 22 de julio de 1812 en Arapiles, muy cerca de Salamanca, despejó el camino del duque de Wellington hacia Madrid. Una coplilla de la época resume de un modo muy gráfico la batalla:

Depertó el león

Y se esperezó

Y abriendo la boca

Se tragó a Marmont.

¡Viva Velintón!

La reacción en Madrid fue inmediata. El embajador de Napoleón en España, el conde Laforest, escribió: “Los espíritus se hallan allí [en Madrid] secretamente inquietos. Hacer una retirada sería incomparablemente peor que la de 1808. Pocas familias españolas estaban entonces comprometidas. Hoy hay una multitud, con un gran número de familias francesas.” (Citado por Manuel Moreno Alonso, José Bonaparte. Un rey republicano en el trono de España. La Esfera de los Libros. Madrid, 2008, p. 361).

El mariscal Soult negó su apoyo al José Bonaparte para defender Madrid y el rey decidió abandonar la capital entre el 10 y el 11 de agosto. En compañía de unos 20.000 soldados y 10.000 civiles marchó a Valencia, aunque dejó una guarnición de unos 2.500 hombres y 200 piezas de artillería en el Fuerte de El Retiro para dificultar la posible persecución de los hispano-británicos.

El 12 de agosto Madrid amaneció excitada y expectante. A primera hora entraron en la ciudad entre aclamaciones algunos afamados guerrilleros, entre los que destacaban Juan Martín Díez el Empecinado y Juan Palarea el Médico. Seguramente accedieron a Madrid por la Puerta de Alcalá, recorrieron la calle del mismo nombre y luego la Puerta del Sol y la calle Mayor hasta la Casa de la Villa. Allí se reunieron con los miembros del ayuntamiento josefino que no habían huido a Valencia y se dirigieron todos juntos a la Puerta de San Vicente, donde hacia las 10 horas recibieron al duque de Wellington y sus tropas, entre el júbilo popular. Un oficial británico aseguró que nunca había sido besado antes por tantas chicas guapas y el propio Wellington se refirió a los madrileños como un pueblo loco de alegría.

A continuación se dirigieron de nuevo a la Casa de la Villa, a cuyo balcón salieron entre aclamaciones Wellington y los líderes guerrilleros. Las tropas británicas se hicieron con el control de la ciudad y su general se alojó en el Palacio Real. A través de un bando se animó a los madrileños a mantener orden y se anunció la proclamación de la Constitución al día siguiente y la renovación del gobierno municipal. En la mañana del día 14 se completó la conquista de El Retiro.

Detalle del Plano de Madrid de Juan López. 1812
Biblioteca Regional de Madrid. Posible itinerario del duque de Wellington en su entrada a Madrid en la mañana del 12 de agosto de 1812
Entre los muchos relatos de esta entrada triunfal de las tropas patriotas en Madrid podemos citar el del liberal y patriota José María Queipo de Llano, Conde de Toreno, en su Historia del levantamiento, guerra y revolución de España, escrita entre 1827 y 1836:

Dadas las diez, y echadas las campanas á vuelo, empezaron poco despues á pisar el suelo de la capital los aliados y varios jefes de guerrilla, señaladamente entre ellos D. Juan Martin el Empecinado y D. Juan Palarea. No tardó en presentarse por la puerta de San Vicente lord Wellington, á quien salió á recibir el Ayuntamiento formado de nuevo, y le llevó á la casa de la Villa, en donde, asomándose al balcon acompañado del Empecinado, fué saludado por la muchedumbre con grandes aclamaciones. Se le hospedó en Palacio, en alojamiento correspondiente y suntuoso. Las tropas todas entraron en la capital en medio de muchos vivas, habiéndose colgado y adornado las casas como por encanto. Obsequiaron los moradores á los nuestros y á los aliados con esmero, y hasta el punto que lo consentian las estrecheces y la miseria á que se veian reducidos. Las aclamaciones no cesaron en muchos dias, y abrazábanse los vecinos unos á otros, gozándose casi todos no ménos en el contentamiento ajeno que en el propio.


Retratos del Empecinado y de Wellington realizados por Goya en 1812 superpuestos al balcón de la Casa de la Villa
También destaca el testimonio de Mesonero Romanos, testigo con 9 años de edad, de los acontecimientos, que relata en sus Memorias de un Setentón natural y vecino de Madrid. publicadas en 1881:

En efecto, a la mañana siguiente, a primera hora, grandes y pequeños, todos estábamos vestidos, y servido que fue el indispensable chocolate, salimos en dirección a la Puerta del Sol, no sin asistir antes a la primera misa en la iglesia del Carmen Calzado. -Un gran gentío esperaba la llegada del ejército aliado: los balcones de las casas de Correos, Aduana y Academia, y todos los particulares en general, estaban engalanados con sendas colgaduras, y la alegría y animación del pueblo contrastaban sobremanera con el lúgubre cuadro que ofrecía los días anteriores. -Pasaban, sin embargo, las horas, y daban las siete, las ocho, las nueve, apareciendo sólo a largos intervalos alguno que otro soldado de caballería, procedente de las partidas o guerrillas próximas a entrar, y que parecía dirigirse hacia el Ayuntamiento, dando vivas atronadores a España y a Fernando VII, que eran contestados con igual fervor; hasta que poco después de las nueve un gran vocerío y el repique de campanas nos anunció la presencia en la calle de Alcalá de las famosas partidas castellanas, a cuya cabeza venían sus ilustres jefes D. Juan Martín Díez (el Empecinado), D. Juan Palarea (el Médico), D. Manuel Hernández (el Abuelo) y D. Francisco Abad (Chaleco), las cuales, desfilando por la Puerta del Sol y calle Mayor, siguieron en medio de una entusiasta ovación hasta el Ayuntamiento, desde donde, poniéndose a su frente esta corporación con sus maceros y timbales, continuaron luego a la puerta de San Vicente, llegando a ella a la misma hora en que se presentaba el ejército anglo-hispano-portugués con su ilustre jefe lord Wellingthon y los generales Álava, España y Conde de Amarante.

Llegados que fueron todos a la Casa Consistorial, en donde la Municipalidad tenía preparado un sencillo obsequio a los ilustres caudillos, presentáronse estos en el balcón principal, procurando el Lord corresponder a las aclamaciones del pueblo con toda la cortesía compatible con la aspereza del carácter inglés y el orgullo especial de Su Gracia; y los generales y guerrilleros españoles con toda la efusión y marcialidad propias de nuestro carácter meridional. El Empecinado, sobre todo, fue el verdadero héroe del día, como el objeto culminante a quien se dirigían los ecos del entusiasmo popular, en justa recompensa de la celebridad que le habían granjeado sus hazañas.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

El monumento a Isabel la Católica en el Paseo de la Castellana

A la sombra de la cúpula de la Escuela de Ingenieros Industriales (antiguo Palacio Nacional de las Artes e Industrias), y al pie de uno de los escasos jardines paisajistas que quedan en Madrid se encuentra el monumento a Isabel la Católica, inaugurado en 1883. El catalán Manuel Oms, a quien se debe también la decoración escultórica del Salón de Baile del palacio de los duques de Santoña en la calle de las Huertas, es el autor del monumento. Estilísticamente muy académico, su origen se encuentra en un modelado que realizó Oms durante su estancia en Roma como pensionado de la Real Academia de Bellas Artes; la propuesta del director de la misma de pasar la obra a bronce fue ratificada por real orden de Alfonso XII.
Entre la frondosidad del arbolado y el densísimo tránsito de vehículos que atraviesan la Castellana, el monumento pasa algo desapercibido. No es la actual su ubicación original, ya que hasta 1958 se encontraba en el centro del Paseo de la Castellana, justo en el lugar donde éste finalizaba, cerrado por el Hipódromo, inaugurado cinco años antes que el monumento.



En el detalle del Plano de Madrid de 1885 Plano de Madrid, obra de José Pilar Morales y Enrique Sánchez y Rodríguez que se encuentra junto a estas líneas podemos ver perfectamente su situación, ya que aparece señalado con la letra A. Apreciamos también, más al norte, parte del Hipódromo, que cerraba la Castellana, justo donde hoy está la plaza de San Juan de la Cruz; con la letra M se señala el edificio de la Institución Libre de Enseñanza, luego Colegio Nacional de Sordomudos y Ciegos y ahora Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional. Al este podemos ver, con la letra R el Palacio Nacional de las Artes y las Industrias, que se inauguró en 1887.


En esta fotografía de 1910 podemos comprobar también la ubicación original del monumento, con un pedestal diferente al actual y una reja de planta octogonal que tampoco se conserva. Igualmente puede verse una parada del tranvía, la línea férrea y, al fondo la colina ajardinada y el mencionado Palacio Nacional.

La inauguración del monumento fue muy solemne, con presencia de Alfonso XII y María Cristiana de Habsburgo, la reina madre destronada Isabel II, las infantas Eulalia e Isabel y el príncipe Federico Guillermo de Alemania, de visita oficial en Madrid. Todavía estaba en obras el Palacio Nacional de las Artes y las Industrias, actualmente ocupado por el Museo de Ciencias Naturales y la Escuela de Ingenieros Industriales.

Los automóviles desplazaron el monumento a finales de la década de los 50 del siglo pasado, época dorada del tráfico rodado en la ciudad de Madrid. El grupo escultórico se situó al pie del bello jardín paisajista diseñado por Celedonio Rodrigáñez a finales del siglo XIX. Se situó junto a un estanque de contornos sinuosos, exactamente en el lugar en el que existía una gruta de rocalla, que, por lo tanto, fue eliminada.



El grupo escultórico se eleva sobre un pedestal, más discreto que el original de estilo neoárabe, pero que conserva la dedicatoria original casi al pie de la letra, bajo el escudo de Madrid.


El grupo está formado por la reina, que monta a caballo y porta la cruz de Covadonga, y otras dos esculturas que la flanquean: Gonzalo Fernández de Córdoba (el Gran Capitán) y el cardenal Pedro González de Mendoza. El monumento es un elocuente documento de la ideología oficial del momento histórico en el que se realiza: la Restauración Borbónica. Durante el reinado de Alfonso XII, la Regencia de María Cristina y el reinado de Alfonso XIII, Madrid, como capital del reino, se pobló de monumentos dedicados a grandes personajes de la historia española, especialmente reyes, militares, religiosos y grandes figuras de la cultura.


La figura de Isabel la Católica fue especialmente apreciada por la historia oficial de la Restauración, entre otros motivos por sus connotaciones relacionadas con la unidad de los territorios peninsulares, el fortalecimiento de la monarquía y la unión entre el trono y el altar. El monumento sitúa en el centro a la Monarquía (Isabel), flanqueada por el Ejército (Gran Capitán) y la Iglesia (Mendoza) y completa una elocuente imagen de las bases ideológicas de la Restauración Borbónica: la Corona vertebra todo el sistema, la Iglesia se convierte nuevamente en una de las bases del poder político y el Ejército es el guardián del régimen.


martes, 30 de octubre de 2012

La instalación escultórica de los raqueros en Santander

En el muelle Calderón, frente a la hermosa Bahía de Santander, y muy cerca del Club Náutico, se encuentra una instalación escultórica urbana, obra del escultor cántabro José Cobo, que se ha convertido en uno de los símbolos de la ciudad.



El grupo artístico está formado por cuatro esculturas de bronce que se encuentran integradas en el espacio urbano del muelle. No están elevadas sobre un pedestal, sino que comparten con el paseante o el pescador su territorio vital. La instalación está dedicada a los raqueros, habitantes de un Santander decimonónico y mísero que José María Pereda nos describe en este texto de sus Escenas Montañesas, obra publicada en 1864:

La palabra raquero viene del verbo raquear; y éste, á su vez, aunque con enérgica protesta de mi tipo, del latino rapio, is, que significa tomar lo ajeno contra la voluntad de su dueño.
Yo soy de la opinión del raquero: su destino, como escobón de barrendero, es apropiarse cuanto no tenga dueño conocido: si alguna vez se extralimita hasta lo dudoso, ó se apropia lo del vecino, razones habrá que le disculpen; y sobre todo, una golondrina no hace verano.

El raquero de pura raza nace, precisamente, en la calle Alta ó en la de la Mar. Su vida es tan escasa de interés como la de cualquier otro ser, hasta que sabe correr como una ardilla: entonces deja el materno hogar por el Muelle de las Naos, y el nombre de pila por el gráfico mote con que le confirman sus compañeros; mote que, fundado en algún hecho culminante de su vida, tiene que adoptar á puñetazos, si á lógicos argumentos se resisten. Lo mismo hicieron sus padres y los vecinos de sus padres. En aquellos barrios todos son paganos, á juzgar por los santos de sus nombres.



Otro texto de Pereda, en este caso perteneciente a su novela Sotileza, de 1885, nos sirve para comprender qué están haciendo concretamente los raqueros de José Cobo en el muelle santanderino:

El sol calentaba bastante; el agua, verdosa y transparente, cubría en aquel sitio más de dos veces, y se podían contar uno a uno los guijarros del fondo.

-Echame dos cuartos, Andrés -le dijo el raquero, piafando impaciente sobre el Muelluco-. ¡Te los saco de un cole!

-No los tengo -contestó Andrés, que deseaba continuar su camino sin perder un minuto.

-¿Qué no los tienes? -exclamó admirado Sula-. ¡Y te los cogí yo mesmo del prao cuando te se caeron de la faldriquera endenantes!

Andrés se resistía. Sula apretaba.

-¡Congrio!... ¡Echame tan siquiera el cuarto! ¡Vamos, el cuarto solo, que tamién tienes!... ¡Anda, hombre!... Mira, le engüelves en uno de esos papelucos arrugaos que te metí yo mesmo en la faldriquera...

Y Andrés que nones. Pero terció Silda a favor del suplicante, y al fin la roñosa moneda, envuelta en un papel blanco fue echada al agua. Los cuatro personajes de la escena observaron, con suma atención, cómo descendía en rápidos zigzags hasta el suelo, y cómo se metió debajo de un canto gordo, movedizo, pero sin quedar enteramente oculta a la vista.

-¡Contrales! -dijo Sula, rascándose la cabeza y suspendiendo la tarea, que había comenzado, de quitarse su media camisa sin despedazarla por completo-. ¡Puede que haiga pulpe allí!

Cosa que a Muergo le tenía sin cuidado, puesto que, en un abrir y cerrar de ojos, desató el bramante de su cintura, largó el chaquetón que le envolvía hasta cerca de los tobillos y se lanzó al agua, de cabeza con las manos juntas por delante. Tan limpio fue el cole, que apenas produjo ruido el cuerpo al caer, y sólo burbujitas y una ligera ondulación en la superficie indicaban que por allí se había colado aquel animalote bronceado y reluciente que buceaba, como una tonina, meciéndose, yendo y viniendo alrededor del canto gordo, con la greña flotante, cual si fuera manojo de porreto; se le vio en seguida remover la piedra, mientras sus piernas continuaban agitándose blandamente hacia arriba, coger el blanco envoltorio, llevárselo a la boca, invertir su postura con la agilidad de un bonito, y, de dos pernadas y un braceo, aparecer en la superficie con la moneda entre los dientes, resoplando como un hipopótamo de cría.

martes, 23 de octubre de 2012

El Casino de la Reina según Galdós

Sin duda el canario Benito Pérez Galdós fue uno de los principales cronistas del Madrid de la segunda mitad del siglo XIX y el primer cuarto del XX. En sus obras se recrea la palpitante vida de la ciudad y pocos son los parajes que escapan a la escrutadora observación del escritor.


Galdós en 1901, cuando terminó de escribir Las Tormentas del 48

Por ejemplo, podemos encontrar una bella descripción del Casino de la Reina en uno de los Episodios Nacionales, el primero de la cuarta serie, llamado Las Tormentas del 48. En un diálogo entre el protagonista y narrador de la serie, José García Fajardo, y una dama, llamada Eufrasia, podemos leer:

-Déjeme usted: estoy haciendo cálculos de tiempo... Pues sí, a última hora de la tarde podremos vernos. ¿Dónde? Sorpresita tenemos... Pues al marido de la Teresona, criada antigua de esta casa, le hemos dado la plaza de conserje del Casino. ¿Sabe lo que es el Casino? No vaya a confundirlo con esa maldita sociedad donde se pasa usted las noches jugando, y hablando mal de todo el mundo. Hablo del Casino de la Reina, un Sitio Real chiquito, al fin de la calle de Embajadores, con jardín muy hermoso y un poco de templete y un poco de palacio; recreo que fue de la Reina Gobernadora... Pues el otro día estuve a ver a la Teresona, y pasé un rato muy agradable. Adoro los jardines, y las flores me enloquecen...

-¿Y mañana...?

-Mañana volveré allá, sí, señor...

-¿Irá usted sola?

-No puedo asegurar que vaya sola... Quizás tenga que llevar a Rafaela Milagro.

-Bueno: ¿y yo...? Descuide usted, que antes faltará el sol en el cielo que yo en ese Casino, venturoso rincón del paraíso terrenal.

-No vaya usted a creer que es un Versalles, ni un Pincio, ni un Aranjuez.

-Será más bello que todo eso; sólo con servir de fondo a la belle jardinière...

-¡Ay, ay, ay!... ¡qué florido!...».

Más adelante, podeos leer cómo el amoroso encuentro tuvo lugar, efectivamente, en el Casino de la Reina:

Pues, señor, el 17 de Mayo (no olvidaré nunca la fecha) se me hacían siglos las horas, esperando la de la cita que me había dado Eufrasia en el apartado Casino de la Reina, y en mi loca impaciencia, incapaz de adelantar el tiempo, me adelanté yo, llamando a la puerta de aquella posesión a las cinco y media de la tarde. Entré: vi con sorpresa que la dama me había cogido la delantera, pues allí estaba ya. La vi entre la arboleda corriendo gozosa, y fui en su seguimiento: se me perdía en el ameno laberinto, pasando de la verde claridad a la verde sombra, y no encontraba yo la callejuela que me había de llevar a su lado. Llamé, y sus risas me respondieron detrás de los altos grupos de lilas. Se escondía, queda marearme. Corrí por el curvo caminillo que tenía delante, y luego sonaron las risas detrás de mí. Una voz que no era la de Eufrasia dijo: «Por aquí, D. José». Creí escuchar a Rafaela Milagro, y ello me dio mala espina, porque era un testigo sumamente importuno. Después reconocí el acento de la doncella de mi amiga. Ésta fue, por fin, la ingeniosa Ariadna, que con el hilo de sus voces me fue guiando hasta que pude verme en su presencia y rendirle mis cariñosos homenajes. ¡Qué hermosa estaba, encendido el rostro por la agitación de sus carreritas y el contento de la libertad! En su peinado advertí alguna incorrección, sin duda producida por las mismas causas. Vestía con sencillez deliciosa. Nunca la vi más interesante.

Del ramo de flores recién cogidas entresacó la morisca el más bonito capullo de rosa para ponérmelo en el ojal, y luego me dijo: «¿Verdad que es bonito este vergel? Aquí me pasaría yo todo el día si pudiera». Satisfecha de mi admiración, que por igual a ella y a la Naturaleza tributaba yo, quiso enseñarme toda la finca, el Sitio Real de juguete. A cada instante se detenía para señalarme los grupos de rosas que con insolente fragancia y risotadas de colores nos daban el quién vive. Por otro lado, me mostraba los cuajarones de lilas inclinando con su peso las ramas de que pendían, como millares de hijos colgados de los pechos de sus madres; luego vi el árbol del amor, con su infinita carga de flores entre las hojuelas incipientes, símbolo de la precocidad juvenil y de la desnuda belleza pagana; vi el árbol del Paraíso, de lánguidas ramas que huelen a incienso hebraico, y la acacia de mil flores olorosas... En los cuadros rastreros, los lirios de morada túnica eran los heraldos de las no lejanas fiestas del Señor, Ascensión, Corpus, y las blancas azucenas anunciaban la proximidad del simpático San Antonio.

Mil tonterías dijimos en alabanza de tan bello espectáculo. No sé si el encanto de éste era cualidad intrínseca del risueño jardín, o estado mío de alborozo. Ambas cosas serían. Después de divagar solos por aquella ondulada amenidad, llevome la dama a un templete, erigido entre verdosos estanquillos. Era de piedra y mármoles, semejante a los que hay en Aranjuez, pero de juguete, abierto por tres costados de su cuadrangular arquitectura, y decorado con bichas y quimeras al fresco, un poco deslucidas por la humedad, todo en el estilo neoimperial de Fernando VII. Allí nos sentamos. Eufrasia dejó la carga de flores que traía, señalando un grupo muy grande para sí, un ramo para mí, y apartando después otro montón de lilas y rosas, acerca del cual me dijo: «Ya sabrá usted luego para quién es esto». Entablé sin esfuerzo ni premeditación un coloquio dulce y cariñoso, que fácilmente afluía de mí sin más estímulo que la fragancia del ambiente y el aspecto de tanta flor sobre la verde arboleda. Hablé a la moruna del religioso fervor con que yo practico el culto de su amistad, haciendo de ésta la clave de mi vida; entoné otras estrofas, y en variados metros de amor canté mis quejas por el desdén que me mostraba, y le rendí toda mi voluntad.

En la época de la acción, 1848, el Casino seguía siendo Sitio Real y lo fue hasta 1871. Galdós alude en el texto a su ubicación en las afueras de la ciudad, a su carácter ameno y a su estilo paisajista, así como al pequeño tamaño de la posesión. De manera muy gráfica se hace referencia al sinuoso trazado de sus senderos, a las zonas umbrías y las zonas abiertas, todos ellos elementos de un jardín a la inglesa. Se describe la vegetación, con sus variados árboles (acacias, árboles del paraíso, árboles del amor) y sus flores (rosas, lilas, azucenas, lirios). Y se alude a su palacete y sobre todo a uno de sus templetes o pabellones, decorado con frescos neoclásicos y rodeado de agua, hoy desaparecido.

Pero cuando Galdós terminó de escribir Las Tormentas del 48, en 1901, el jardín estaba ya en plena decadencia, había desaparecido su verja y su puerta original, se había construido el Instituto Cervantes y había pasado por sus instalaciones el Museo Arqueológico Nacional. No obstante, Galdós tuvo tiempo de conocerlo en su esplendor, ya que, recordemos, llegó a Madrid en 1862.

lunes, 15 de octubre de 2012

La Casa del Pueblo y la Agrupación Femenina Socialista de Madrid

La Casa del Pueblo de Madrid fue inaugurada el 28 de noviembre de 1908 por Pablo Iglesias en el nº 2 de la calle de Piamonte, en el antiguo palacio del duque de Béjar. Entre sus objetivos se encontraban el cooperativismo, el mutualismo, la formación profesional, la educación y la cultura. En sus casi 1500 m2 se disponían secretarías, salones para reuniones, una cafetería-restaurante, una biblioteca. En 1915 se construyó a espaldas del palacio, con entrada por Gravina nº 15, un salón-teatro, en el que tuvieron lugar congresos y asambleas y variadas actividades culturales. A finales de los años 20 la Casa del Pueblo se reformó, se construyó una tercera altura y se depuró su fachada, a la que se dotó de un estilo art decó, como vemos en la fotografía.

La Casa del Pueblo en torno a 1930

 
Edificio construido en el solar de la Casa del Pueblo. Esquina de las calles Piamonte y Luis de Góngora
Incautada en 1939 tras la entrada de las tropas de Franco en Madrid, fue finalmente demolida en 1953. Hoy se alza en su lugar un anodino edificio de viviendas, aunque una placa recuerda a la histórica Casa del Pueblo, que, hasta el final de la Guerra Civil, fue la sede de los órganos centrales del Partido Socialista Obrero Español y de la Unión General de Trabajadores. También otras organizaciones, como las Juventudes Socialistas y asociaciones asistenciales, educativas, culturales y deportivas estaban instaladas en el edificio.

Una de estas entidades era la Agrupación Femenina Socialista de Madrid, creada en 1906 con el nombre de Grupo Femenino Socialista por seis mujeres trabajadoras. Fue la segunda organización de estas características en España, sólo dos años después de crearse el Grupo de Bilbao. En la misma época también nació otro colectivo de mujeres vinculado estrechamente a un partido, concretamente el Partido Republicano Radical, el de las Damas Rojas. El contexto general era de una intensa movilización femenina, tanto en relación con los partidos, como al margen de ellos, fundamentalmente en el ámbito católico, aunque hasta los años 20 no surgieron movimientos feministas autónomos.

Como ha estudiado Marta del Moral, las mujeres de la época que querían afiliarse a la Agrupación Socialista de su localidad eran derivadas a las Juventudes, independientemente de su edad. Por eso algunas mujeres socialistas fueron impulsando la creación de estos Grupos Femeninos en toda España. En el caso del grupo madrileño, aunque nació bajo el impulso de las Juventudes Socialistas, se libró completamente de su tutela en 1908 y entró a formar parte del Partido. De este modo, estas socialistas madrileñas lograron conquistar un espacio político reservado a los varones, pero, como señala la citada Marta del Moral, no utilizaron en principio esa posición para demandar cambios profundos en las relaciones entre hombres y mujeres. Sin embargo, en los años 20 sí que el Grupo fue tomando una orientación más marcadamente feminista.


Placa colocada el 28 de noviembre de 2008 en conmemoración del Centenario de la Casa del Pueblo de Madrid
Las mujeres de la Agrupación organizaron diversas movilizaciones, algunas con participación muy numerosa, como las campañas contra la guerra o las celebradas en los procesos electorales. Además tendieron puentes con otros grupos femeninos socialistas de España y con el socialismo femenino internacional, de trayectoria más larga en otros países, y tuvieron un peso creciente en el Partido, pese a la intolerancia de algunos compañeros masculinos. Por ejemplo, en 1918 se abrió la secretaría femenina en el Comité Nacional, con Virginia González Polo al frente. Sin embargo, en 1927, la Agrupación se disolvió y se integró en la agrupación local. Cabe destacar, en cualquier caso, su contribución, junto a otros grupos femeninos de la época, al cambio social que cristalizó en la igualdad de derechos entre mujeres y hombres alcanzada en 1931.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Madrid durante la guerra de sucesión entre Isabel y Juana

Durante la Baja Edad Media, Castilla experimentó un profundo cambio social y político que provocó una continua inestabilidad. Madrid, una ciudad modesta pero de creciente importancia, se vio envuelta en los numerosos conflictos que asolaron el reino. La colisión entre el impulso centralizador de la Corona y el conservadurismo de la gran nobleza, ocupada en mantener sus enormes privilegios, estaba en el origen de estos enfrentamientos.

Uno de los episodios de mayor tensión fue el de la guerra civil que estalló tras el fallecimiento de Enrique IV en diciembre de 1474 en el Alcázar de Madrid. La sucesión en la Corona de Castilla provocó un enfrentamiento armado entre los partidarios de Juana, la hija del rey, y los de su hermana de padre, Isabel.

Retrato anónimo de Isabel la Católica. Museo Casa de los Tiros de Granada. S. XVI

Seguramente la inclinación del rey hacia Madrid influyó en que la ciudad se decantara hacia la primera. Personalidades de gran influencia en el Madrid de la época, como Juan de Zapata, señor de Barajas y Alameda, y el alcaide del alcázar, Rodrigo de Castañeda, señor de Torrejón, determinaron el posicionamiento de Madrid a favor de Juana, prácticamente desde el momento en que murió Enrique IV,

Durante todo 1475 Madrid permaneció fiel a Juana, defendida por los partidarios del marqués de Villena, uno de los pilares del bando de la llamada “Beltraneja”. Pero la ciudad se encontraba en medio de un territorio que controlaban los Mendoza, comprometidos con el bando isabelino


Detalle de la Topographia de la Villa, de Pedro de Texeira. 1656. Se aprecia la ubicación de la Puerta de Guadalajara, derribada en el siglo XVI, pero que dejó su huella en el callejero de la ciudad

En enero de 1476 se iniciaron contactos secretos para procurar un alzamiento en Madrid, sin resultados. El primer duque del Infantado, Diego Hurtado de Mendoza, destacado miembro del bando isabelino, cercó la ciudad y consiguió finalmente un acuerdo con el alcaide de la Puerta de Guadalajara, Pedro de Ayala, apoyado también por los principales linajes de Madrid, como los Vargas, los Luján o los Zapata. A finales del mes de febrero, la Puerta de Guadalajara se abrió para Mendoza y los partidarios de Isabel, que forzaron a los de Juana a retirarse al Alcázar, donde fueron vencidos a finales de abril de 1476. La conquista de Madrid fue, sin duda, un capítulo decisivo para la victoria definitiva del bando isabelino.

Uno de los madrileños que estuvo siempre al lado de Isabel en esta pugna fue el artillero Francisco Ramírez de Madrid. Especialmente importante fue su participación en la batalla de Zamora durante la guerra de sucesión, lo que aumentó la confianza de los Reyes Católicos en él, al que nombraron secretario. Su matrimonio en 1491 con la célebre Beatriz Galindo, notable humanista y colaboradora de la reina, seguramente fue acordado por la propia soberana, lo que demuestra su aprecio por Ramírez.


jueves, 20 de septiembre de 2012

Teresa Cabarrús, una carabanchelera en la revolución francesa

Teresa Cabarrús, hija de Antonia Galabert y Francisco Cabarrús, nació en Carabanchel Alto el 31 de julio de 1773. Fue bautizada en la parroquia de San Pedro, apenas seis años antes de que Manuel Martín Rodríguez y Ventura Rodríguez construyeran la nueva torre, que aún permanece en pie. Del resto del templo, cuyo origen se remonta al siglo XV, nada queda y un anodino edificio religioso moderno sustituye al original. Un cartón para tapiz, obra de Ramón Bayeu, nos ofrece una imagen muy interesante de la iglesia, precisamente de la época en la que Teresa vivió en Carabanchel, puesto que está fechada en 1777. El cartón ilustra una corrida de toros en la plaza del pueblo ante la iglesia de San Pedro, que aparece al fondo a la derecha.



Reinaba entonces Carlos III y Francisco Cabarrús, su padre, aún no era el gran hombre de estado en que luego se convirtió. Cabarrús era francés de origen, nacido en Bayona y emigrado a nuestro país, donde se naturalizó español años después. Se casó en 1771 con Antonia, hija de un comerciante francés instalado en Zaragoza para el que trabajaba. Un año después de la boda, el suegro de Cabarrús envió al matrimonio junto a su hermano, dueño de una fábrica de jabón en Carabanchel Bajo. Cabarrús y su esposa se instalaron en la localidad y Francisco se convirtió en director de la fábrica. Al año siguiente nació Teresa, en una finca a la que llamaban Château Saint Pierre, cuya ubicación precisa se desconoce, pero que al parecer se encontraba aproximadamente donde hoy se levanta el hospital de la Fundación Instituto San José, muy cerca del Aeródromo de Cuatro Vientos y del límite con Leganés.

Más adelante, un primo de Francisco Cabarrús fue introduciendo a éste en negocios más importantes y pronto se convirtió en representante de comercios franceses en Madrid. Inició entonces una carrera que le llevó a relacionarse con los hombres más importantes de la época, a ingresar en la Sociedad Económica Matritense y a proponer la creación del Banco de San Carlos, del que fue director, lo que propició que Carlos IV le otorgara el título de conde en 1789. Creó importantes compañías comerciales, desarrolló grandes proyectos y expuso sus ideas ilustradas en un buen número de interesantes textos. Falleció en 1810, cuando era ministro de Hacienda de José Bonaparte.

Mucho tiempo antes, Francisco Cabarrús había decidido enviar a Teresa y a sus dos hijos varones a su país natal para que completaran allí su educación. Con sólo 15 años, en 1788, se casó con el joven aristócrata Jean Jacques Devin de Fontanay, que la introdujo en los salones aristocráticos, en los que se hizo muy conocida por su personalidad, su inteligencia y su belleza. Además en aquellos frenéticos tiempos se vinculó a los círculos revolucionarios moderados.

En 1792 se divorciaron Jean Jacques y Teresa, que decidió entonces seguramente poner rumbo a España para huir de la Revolución, que había entrado en su periodo más radical. De camino a su país natal, fue encarcelada en Burdeos, donde Jean-Lambert Tallien, político jacobino enviado desde París para establecer el Terror en provincias, le salvó la vida; en efecto, Tallien estaba haciendo trabajar a la guillotina en Burdeos a buen ritmo cuando se enamoró de la carabanchelera Teresa, a la que tal vez conocía desde antes. A la relación que iniciaron ambos y a la influencia de la Cabarrús se suele atribuir el descenso en el número de ejecuciones en Burdeos.

Tal vez por este motivo, Tallien fue entonces víctima de las purgas internas impulsadas por Robespierre. Teresa fue encarcelada en París y condenada a muerte, aunque la pena no llegó a ejecutarse. El 9 de termidor del año II (27 de julio de 1794) Saint-Just fue interrumpido en el Comité de Salvación Pública por Tallien, que acusó a Robespierre de ejercer una tiranía. Estalló entonces la conspiración que acabó con el periodo del Terror y dio paso a la Convención Termidoriana. Tallien y Cabarrús se casaron ese mismo año y Teresa empezó a ser conocida como Notre-Dame de Thermidor, ya que a su influencia se atribuyó la decisiva evolución política de Tallien, desde el Terror hasta la Reacción Termidoriana. Al año siguiente, Tallien fue elegido Presidente de la Convención, aunque su poder pronto decayó con el inicio del Directorio a finales de 1795.

Durante su matrimonio y después de su divorcio en 1802 se le conocen sucesivas relaciones con destacados militares, políticos y banqueros de la Francia revolucionaria y napoleónica, lo que provocó su expulsión de los salones imperiales, ya que su conducta se consideraba escandalosa. En 1805 se casó por tercera vez con François Joseph de Riquet de Caraman, conde de Caraman, y más adelante príncipe de Chimay. De esa época es el delicado retrato que se conserva en el Museo Carnavalet de Historia de París, obra de Françoise Gérard; Teresa aparece representada de cuerpo entero, ataviada a la moda neoclásica francesa del Directorio, con tocado de flores.



 
Después de disfrutar del periodo tal vez más tranquilo en su vida, en el que, sin embargo no dejó de ser una verdadera estrella de los salones parisinos, Teresa Cabarrús falleció en 1835 en el Château des Princes de Chimay, en Bélgica.



lunes, 10 de septiembre de 2012

El origen de la Plaza de la Independencia de Madrid

Dentro del Sexenio Revolucionario (1868-1874), periodo de importante actividad urbanística en el casco histórico madrileño, destaca la labor de Ángel Fernández de los Ríos, autor de importantes proyectos, aunque realizados sólo de manera parcial. En su obra El futuro Madrid, escrita desde su exilio parisino (1866-1868) y editada por el ayuntamiento popular de Madrid en 1868, planteó soluciones muy interesantes a los problemas de Madrid desde el punto de vista urbano y social, con una perspectiva global de la ciudad. Dentro de las reformas que concibió para el centro histórico de la ciudad, inspiradas en la mayor parte de los casos en París, cabe destacar uno que sí se llevó a cabo cuando Fernández de los Ríos desempeñó el cargo de presidente de la Comisión de Obras del Ayuntamiento revolucionario, entre enero y mayo de 1869: nos referimos a la plaza de Zaragoza, luego llamada de la Independencia.


Retrato de Ángel Fernández de los Ríos, obra de Rufino Casado. Biblioteca Nacional de España.

La Puerta de Alcalá había sido hasta 1860 uno de los accesos, sin duda el más monumental, de una ciudad que hasta entonces se había mantenido encerrada en su cerca histórica del siglo XVII. Una vez derribado el viejo recinto tras la aprobación del Ensanche de Madrid, Fernández de los Ríos tuvo la feliz idea de transformar la Puerta de Alcalá, ya exenta, en un monumento, desprovisto de su función original, al convertirla en el centro de una nueva glorieta.

La plaza de Zaragoza tuvo como modelo la Place de l’Étoile parisina, entorno urbano del Arco de Triunfo napoleónico, rediseñada a expensas del barón Haussmann poco años antes de que Fernández de los Ríos la conociera personalmente. El proyecto madrileño incluía algunas diferencias: los doce ejes de la estrella de París quedaron convertidos en ocho, aunque acabaron siendo sólo seis, los formados por las calles de Alcalá, Salustiano Olózaga, Serrano, Alfonso XII y el paseo hacia el Estanque del Retiro. Las dimensiones de la plaza en el proyecto de Fernández de los Ríos, las mismas que las de plaza parisina, quedaron también sensiblemente reducidas. Además, el autor de El Futuro Madrid propuso dar el nombre de Zaragoza a la plaza, en recuerdo a la defensa de la ciudad durante la Guerra de la Independencia y denominar a las ocho calles de la estrella con nombres de resonancias históricas nacionales: Numancia, Sagunto, Covadonga, Granada, Padilla, Bravo, Maldonado y Lanuza.

La Place de l’Étoile de París, en Google Maps


La Plaza de la Independencia de Madrid, en Google Maps



Pese a las diferencias con el proyecto original, la plaza de la Independencia acabó siendo una de las obras urbanas más espléndidas de todas las realizadas en el Madrid contemporáneo y es una de las realidades de la ciudad que tenemos que agradecer a Fernández de los Ríos.

lunes, 3 de septiembre de 2012

La portada mudéjar de la iglesia de Nuestra Señora de la O en Sanlúcar de Barrameda

Uno de los mejores ejemplos del rico patrimonio histórico-artístico de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) es la Iglesia de Nuestra Señora de la O. Construida a mediados del siglo XIV, junto al viejo Alcázar, y modificada entre los siglos XVI y XVIII, es hoy la Iglesia Mayor Parroquial de la ciudad. Es de planta basilical, con tres naves separadas por pilares y cobijadas por techumbres de madera y cabecera poligonal cubierta con bóveda gótica, siguiendo el modelo sevillano. Más tarde se le añadieron capillas.

Su portada de los pies, que da a la plaza de los condes de Niebla, destaca por su belleza y monumentalidad. Se discute su cronología, entre la segunda mitad del siglo XIV y mediados del siglo XV. Presenta una única puerta, cobijada por un arco apuntado con arquivoltas (sólo están decoradas las dos exteriores), sobre el que se desarrolla una decoración profusa, variada y de gran belleza, toda ella labrada en piedra arenisca. La organización geométrica del gran paño decorativo remite evidentemente a modelos islámicos: arco con alfiz, con las albanegas ornamentadas, remontado por una arquería ciega y coronado por otra arquería con sebka a modo de remate.


Vista general de la portada de Nuestra Señora de la O

Si analizamos con más detalle, de abajo a arriba, los elementos de la portada, podemos comprobar que se yuxtaponen elementos plenamente góticos con otros andalusíes, tanto de raíz almohade como de origen nazarí. En las albanegas, es decir, los espacios situados entre los arcos y el alfiz, podemos observar tres campos decorativos que se repiten simétricamente: dos están adornados con hojas carnosas y realistas de estilo gótico y el tercero con una curiosa red de sebka, por tanto de influencia islámica, pero formada por arquitos góticos que incluyen florones cuadrifoliados también góticos.

Sobre la clave del arco, en una franja horizontal con esquema simétrico se sitúan los escudos de los Medinaceli, a la izquierda, y de los Guzmanes, a la derecha, protegidos por sendos leones. Dos franjas decorativas con motivos góticos se sitúan por encima de cada escudo y, curiosamente, son diferentes, por lo que, aunque la organización es simétrica, no lo son los detalles, tal vez para subrayar la diferencia entre los dos escudos. En efecto, la iglesia fue erigida por iniciativa de Isabel de la Cerda y Guzmán, primera condesa de Medinaceli y nieta del primer señor de Sanlúcar, Guzmán el Bueno.


Detalle de la portada

En el siguiente cuerpo hay una galería formada por cuatro arcos conopiales ciegos. Todo el rectángulo del gran paño decorativo está abrazado por dos baquetones que parten de la línea de impostas de la portada, como una traducción al gótico del alfiz islámico; otra semicolumna, más corta divide en dos la fachada a partir de la clave del arco.

Por último, el cuerpo superior, algo más ancho que el resto de la portada, se desarrolla en forma de una larga hilera de columnillas que sostienen una arquería ciega que forma un paño de sebka. Finalmente, diez canecillos con figuras de rostros sujetan un pequeño alero de piedra. Existe una gran similitud entre esta parte superior de la puerta de Sanlúcar y la de la iglesia de San Marcos de Sevilla.


Detalle de la portada

Es, en definitiva, una bella y original fachada de piedra, que pone de manifiesto la combinación de elementos góticos con esquemas y motivos andalusíes, propia de la arquitectura mudéjar de la Baja Edad Media en la Andalucía Occidental.



Más información Aquí

lunes, 27 de agosto de 2012

Atacama con el Centro Dato en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander

Invitados por el Centro Dato, a quien agradecemos su deferencia, hemos realizado el día 22 de agosto un itinerario guiado por el centro histórico de Santander. El paseo es una de las actividades que han sido organizadas por el Centro Dato dentro del curso “Utopía: movilidad y comunicación sin barreras” de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo 2012, dirigido por el profesor José Gabriel Zato.

Vista de la Península de la Magdalena, sede de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, desde la Playa de Peligros

El curso ha propuesto la incorporación en redes de ciudades aquellos elementos fundamentales que permitan la movilidad y la comunicación sin barreras entre todas las personas que pueblan dichas ciudades. Además se pretende que la movilidad y el transporte sean sostenibles. La comunicación y la movilidad entre estas ciudades y su entorno deben permitir que cualquier persona con independencia de sus limitaciones funcionales (niños, personas con discapacidad, ancianos, etc.) sea capaz de desarrollar plenamente las actividades que deseen para la consecución de sus objetivos, teniendo en cuenta la oferta de servicios y productos que hoy se ofrecen en sociedades tan complejas como las nuestras.

A partir de esta propuesta teórica el Centro Dato ha organizado todas las tardes actividades concretas sobre accesibilidad en la práctica: baño en la playa (lunes), degustación de productos de Cantabria (martes), turismo en Santander (miércoles) y coloquio sobre las actividades de los días anteriores (jueves).

En el itinerario del miércoles, en el que participaron unas 30 personas, pudimos comprobar la buena accesibilidad, en líneas generales, de las calles de la ciudad de Santander. Comenzamos el paseo en los Jardines de Pereda, seguimos por el muelle hasta llegar al Real Club Náutico y regresemos por el Paseo de Pereda para a continuación realizar una parada en el Mercado del Este, donde repusimos fuerzas. Paseamos seguidamente por la zona histórica de la Puebla Vieja, donde se encuentra la peculiar Catedral y terminamos el itinerario en la Plaza del Ayuntamiento.


Foto de grupo ante el Ayuntamiento de Santander al final del itinerario

Enlace a la web de prensa de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo: Aquí
 

domingo, 19 de agosto de 2012

William Blake, un visionario en Caixa Forum

A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, la iconografía cristiana fue desapareciendo progresivamente de la historia del arte occidental, al ritmo del proceso secularizador que caracteriza a la sociedad contemporánea. Sin embargo, precisamente la falta de encargos religiosos provocó la aparición de un arte sagrado más íntimo y personal, alejado de la propaganda oficial, que alumbró obras tan fascinantes como la del inclasificable William Blake (1757-1827).

Caixa Forum de Madrid ofrece una magnífica muestra de dibujos, acuarelas, estampas y pinturas del artista y poeta inglés, incomprendido por sus contemporáneos y obsesionado por conseguir una independencia radical. Se trata de un conjunto de obras prestadas por la Tate Britain de Londres que pueden verse en el Paseo del Prado madrileño hasta el 21 de octubre.

Generalmente se emplea el término visionario para definir a este artista, cuyo retrato, realizado por Thomas Philips, abre la exposición. La muestra está organizada en capítulos temáticos en relación con las técnicas y las temáticas de Blake. Se inicia con sus primeros grabados y acuarelas, en los que ya se aprecia su alejamiento de las modas de la época. A continuación la exposición se centra en sus libros proféticos, realizados en el convulso tránsito del siglo XVIII al XIX, en forma de poemas iluminados. Otra sala está dedicada a grandes grabados en color, inspirados en las mitologías personales del artista, en Shakespeare o en la Biblia. Las composiciones del artista inglés, con sus dinámicas figuras que ocupan casi todo el espacio, conmueven y sobrecogen, como en Dios juzgando a Adán o en David sacado de las muchas aguas. Extraordinaria es también la obra llamada He aquí tu madre, un impresionante calvario que ilustra las palabras de Cristo en la cruz, así como las imágenes de Judas o Lucifer.

William Blake. David sacado de las muchas aguas. Inspirado en el Salmo 18

Salmo 18, 16-17

Emergieron los lechos de las aguas,
se mostraron los cimientos del mundo
por tu estruendo, Señor,
por el soplo de tu ira

Desde la atura me asió con su mano,
me sacó de las aguas turbulentas.

Una de las salas de la exposición reúne algunos de los cuadros al temple realizados por Blake, según una técnica marcadamente historicista que el pintor inglés renovó extraordinariamente, lo que no ha impedido que la mayor parte de sus obras hayan llegado a nosotros en mal estado. Enorme fuerza presentan las ilustraciones del Libro de Job, pese a su pequeño formato, con prodigiosos contrastes luminosos; Blake se identificaba con la historia de Job, el hombre que sufre y rechaza la idea de que su sufrimiento se deba a sus propios pecados, lo que le lleva a enfrentarse a Dios. Y no olvidemos que la muestra también recoge imágenes de la Divina Comedia, otro de los textos que fascinaron a Blake.

Es interesante también la segunda parte de la exposición dedicada a los artistas británicos influidos por Blake, comenzando con los jóvenes pintores del grupo Los Antiguos, sus contemporáneos, y siguiendo por los prerrafaelitas y simbolistas. Quizás sólo el último capítulo de la muestra, dedicado a la influencia de Blake en los neorrománticos ingleses del siglo XX, contiene obras cuya relación con el artista visionario está demasiado forzada.

martes, 31 de julio de 2012

Exposición fotográfica sobre la camanchaca en Documenta-13

Nos llega la noticia desde Chile de que nuestro amigo el investigador chileno Horacio Larrain, miembro del Centro de Estudios del Desierto de Atacama  (CDA) perteneciente a la Pontificia Universidad Católica, ha sido seleccionado para participar en la muestra internacional Documenta-13 en Kassel, Alemania.


La historia que narra en su blog sobre cómo uno accede con su trabajo a los demás o cómo los demás acceden a él a través de una vida dedicada a la investigación, casi legendaria ya, nos enseña a confiar en nuestro trabajo, que en muchas ocasiones se realiza al margen de la lógica imperante pero que tiene siempre como objetivo el bien de los demás, la mejora de sus condiciones de vida y la lucha por unos pobladores que ven amenazado su modo de vida tradicional.


Documenta-13 no es una exposición al uso, sus objetivos se resumen de la siguiente manera:

dedicada a la investigación artística y formas de imaginación que exploran el compromiso, la materia, las cosas, y la vida activa en conexión con una determinada teoría, pero sin subordinarse a ésta"

El objetivo es por tanto exponer soluciones innovadoras y bellas que nos ayuden a todos a avanzar en un contexto más respetuoso y menos invasivo. La creatividad y la imaginación a la hora de aportar soluciones nuevas a problemas viejos es la base de esta exposición.


Recomendamos vivamente la lectura de este artículo, para que aprendamos todos que lo último que debe hacer el hombre es desfallecer ante las dificultades y  perder las ganas de soñar con un futuro mejor.
eco-antropología



jueves, 14 de junio de 2012

Pedro de Urdemalas en Florencia

Pedro de Urdemalas es un personaje de ficción, de raíz folclórica, que aparece en diversos textos literarios españoles y latinoamericanos desde finales de la Edad Media hasta época moderna. Escritores de la talla de Juan del Encina, Lope de Rueda, Cervantes, Lope de Vega o Quevedo lo han acogido en sus textos. Actualmente es más conocido en algunos países de América que en España, su país de origen.

Quizá la primera obra en la que Urdemalas aparece plenamente conformado como personaje literario es el Viaje a Turquía, relato fechado en 1557 y que se atribuye a Cristóbal de Villalón, Andrés Laguna, Juan de Ulloa Pereira y otros. A través de sus páginas, su protagonista, Pedro de Urdemalas, relata sus desventuras, que empiezan en Italia, siguen por las aguas del Mediterráneo, donde los turcos le apresan, y continúan en Turquía, hasta que logra evadirse del cautiverio para proseguir con un itinerario lleno de peripecias.

En primer plano, a la izquierda, el Baptisterio de San Juan Bautista y al fondo la Catedral de Santa Maria del Fiore, con el campanile a la derecha. Florencia. Foto de Francisco Juez

Aunque el autor del Viaje a Turquía, relato plagado de observaciones agudas y curiosidades varias, no es muy proclive a referirse a las obras de arte, es muy interesante el comentario que hacen dos de sus protagonistas en relación con los mosaicos del Baptisterio de San Juan Bautista en Florencia. A continuación incluimos el díálogo entre Pedro de Urdemalas y Mátalas Callando, tal como se reproduce en la edición de Antonio G. Solalinde y cuya versión completa puede verse en el siguiente enlace.

En él, Urdemalas describe brevemente el magnífico edificio poligonal, construido en la Alta Edad Media y redecorado en el siglo XIII y en el Renacimiento y situado junto a la Catedral. Realiza una breve alusión a sus maravillosas puertas de bronce, pero se detiene especialmente en los aspectos técnicos de los mosaicos del siglo XIII que cubren todo el interior de la cúpula, tal vez lo más llamativo del edificio a ojos de un castellano de 1557.

Vista general del interior de la cúpula del Baptisterio de San Juan. Florencia. Foto de Javier Zamanillo

He aquí el texto del Viaje a Turquía:

PEDRO.-. Luego fui en Florençia, çibdad, por çierto, en bondad, riqueza y hermosura, no de menos dignidad que las demás, cuyas calles no se pueden comparar a ningunas de Italia. La iglesia es muy buena, de cal y canto toda, junto a la qual está una capilla de Sant Juan, donde está la pila del baptismo, toda de obra musaica de las buenas y costosas pieças de Italia, con quatro puertas muy soberbias de metal y con figuras de vulto.

MATA.-¿Qué llaman obra musaica?

PEDRO.-Antiguamente, que agora no se haze, usaban hazer çiertas figuras todas de piedreçitas quadradas como dados y del mesmo tamaño, unas doradas, otras de colores, conforme a como era menester.

JUAN.-No lo acabo bien de entender.

PEDRO.-En la pared ponen un betún blanco.

JUAN.-Bien.

PEDRO.-Y sobre él asientan un papel agujerado con la figura que quieren, que llaman padrón, y déxala allí señalada. Ya lo habréis visto esto.

JUAN.-Muchas vezes los brosladores lo usan.

PEDRO.-Ansí, pues, sobre esta figura que está señalada asientan ellos sus piezezicas quadradas, como los vigoleros las taraçeas.

JUAN.-Entiéndolo agora muy bien. ¿Pero será de grandíssima costa?

PEDRO.-En eso yo no me entremeto, que bien creo que costará.

MATA.-Muchas vezes había oído deçir obra musaica, y nunca lo había entendido hasta agora; y apostaré que hay más de mill en España que presumen de bachilleres que no lo saben.


Detalle de la cúpula del Baptisterio de San Juan, con el Pantocrator que se encuentra sobre el ábside. Foto de Javier Zamanillo


 

martes, 29 de mayo de 2012

Conociendo Madrid: historia y geografía

Siguiendo con nuestras actividades educativas en colegios, el lunes 28 realizamos un taller sobre historia y geografía de Madrid en el C.P. Parque Aluche.

La actividad arrancaba con la fundación de Madrid en el siglo IX y se extendía hasta la actualidad de modo que tuvieron que localizar el distrito al que pertenecían y ubicarlo en un plano con áreas diferenciadas.


Aprendieron también a hacer un cronograma con la evolución de la población madrileña en los últimos 500 años de manera que fueran conscientes de los hechos históricos que habían influido en su incremento o disminución.

El hilo conductor fue la revalorización y conservación del patrimonio histórico de nuestra ciudad, para lo cual pudieron comparar un plano del Teixeira de 1656 y una foto aérea actual.


Por último tuvieron la oportunidad de manejar algunas piezas arqueológicas, lo que les ayudó a comprender mejor la evolución y complejidad de su ciudad.
En relación al uso del territorio en épocas remotas nos  remitimos a la etapa prehistórica para lo cual contaron con la reproducción de una punta de flecha, lo que les ayudó a situar las actividades cazadoras realizadas hace miles de años en los márgenes del río Manzanares.


martes, 22 de mayo de 2012

Ya os lo decía yo...

A veces sorprende la lucidez de textos escritos hace más de 2.000 años, no tanto por su cercanía al momento actual sino por su percepción del género humano a través del tiempo y uno quizá se asombra de ese afán por que le gobiernen, incluso sabiendo de antemano las consecuencias.

En momentos de crisis como los actuales, de desintegración de estructuras y valores, de pérdida de rumbo, de caída de modelos que parecían inamovibles puede que sea bueno volver a releer el texto del profeta Samuel para adivinar por qué recibió ese apelativo…


Samuel transmitió al pueblo que le había pedido un rey todo lo que le había dicho Yavé. Les dijo: Miren lo que les va a exigir su rey: les tomará a sus hijos y los destinará a sus carros de guerra o a sus caballos, o bien los hará correr delante de su propio carro; los empleará como jefes de mil y como jefes de cincuenta; los hará labrar y cosechar sus tierras; los hará fabricar sus armas y los aperos de sus caballos; les tomará sus hijas para peluqueras, cocineras y panaderas; a ustedes les tomará sus campos, sus viñas y sus mejores olivares y se los dará a sus oficiales; les tomará la décima parte de sus sembrados y de sus viñas para sus funcionarios y servidores; les tomarás sus sirvientes, sus mejores bueyes y burros y los hará trabajar para él, a ustedes les sacará la décima parte de sus rebaños y ustedes mismos serán sus esclavos. Ese día se lamentarán del rey que hayan elegido, pero Yavé ya nos les responderá” (1Samuel 8, 10-18)

Gustave Courbet. El mar tormentoso. 1870

jueves, 22 de marzo de 2012

1812: El hambre de Madrid

En tiempos de crisis no viene mal volver la vista atrás y descubrir en nuestro pasado episodios mucho más funestos que los actuales. De este modo podremos, no sólo cerciorarnos de que cualquier situación, por mala que sea, es susceptible de empeorar, sino también, lo que es más importante, comprobar que se puede salir de los más profundos abismos, si bien sólo mediante el impulso de una transformación radical.

Cuando la mayoría de los congresistas de Cádiz celebraban el nacimiento de la Constitución de 1812, no por casualidad en el día del santo del “rey intruso”, el Madrid de José Bonaparte se retorcía de hambre. El devastador conflicto que asolaba España había convertido a los campesinos en soldados y guerrilleros y el abandono de los cultivos propició un paisaje desolador. Al mismo tiempo, la guerra de desgaste emprendida por ambos bandos había diezmado los víveres y dificultado enormemente las comunicaciones. En estas circunstancias, la populosa sede de la Corte josefina, que congregaba cerca de 200.000 habitantes, sufría posiblemente más que ninguna otra ciudad española, las consecuencias de la falta de alimentos. Los investigadores cifran en más de 20.000 los fallecidos a causa de la hambruna en Madrid entre el verano de 1811 y el de 1812.

Un “setentón, natural y vecino de Madrid”, Mesonero Romanos recordaba así muchos años después, la ciudad de su infancia:

El espectáculo, en verdad, que presentaba entonces la población de Madrid, es de aquellos que no se olvidan jamás. -Hombres, mujeres y niños de todas condiciones abandonando sus míseras viviendas, arrastrándose moribundos a la calle para implorar la caridad pública, para arrebatar siquiera no fuese más que un troncho de verdura, que en época normal se arroja al basurero; un pedazo de galleta enmohecida, una patata, un caldo que algún mísero tendero pudiera ofrecerles para dilatar por algunos instantes su extenuación y su muerte; una limosna de dos cuartos para comprar uno de los famosos bocadillos de cebolla con harina de almortas que vendían los antiguos barquilleros, o algunas castañas o bellotas, de que solíamos privarnos con abnegación los muchachos que íbamos a la escuela; este espectáculo de desesperación y de angustia; la vista de infinitos seres humanos espirando en medio de las calles y en pleno día; los lamentos de las mujeres y de los niños al lado de los cadáveres de sus padres y hermanos tendidos en las aceras, y que eran recogidos dos veces al día por los carros de las parroquias; aquel gemir prolongado, universal y lastimero de la suprema agonía de tantos desdichados, inspiraba a los escasos transeúntes, hambrientos igualmente, un terror invencible y daba a sus facciones el propio aspecto cadavérico. -La misma atmósfera, impregnada de gases mefíticos, parecía extender un manto fúnebre sobre toda la población, a cuyo recuerdo solo, siento helarse mi imaginación y embotarse la pluma en mi mano. -Bastárame decir, como un simple recuerdo, que en el corto trayecto de unos trescientos pasos que mediaban entre mi casa y la escuela de primeras letras, conté un día hasta siete personas entre cadáveres y moribundos, y que me volví llorando a mi casa a arrojarme en los brazos de mi angustiada madre, que no me permitió en algunos meses volver a la escuela.

Más adelante, Mesonero se refiere a la actitud de los soldados franceses y del rey José ante la crítica situación:

Los mismos soldados franceses, que también debían participar relativamente de la escasez general, mostrábanse sentidos y aterrorizados, y se apresuraban a contribuir con sus limosnas al socorro de los hambrientos moribundos; limosnas que, en algunas ocasiones solían estos rechazar, no sé si heroica o temerariamente, por venir de mano de sus enemigos; y en esta actitud es como nos los representa el famoso cuadro de Aparicio, titulado El Hambre de Madrid, al cual seguramente podrán hacerse objeciones muy fundadas bajo el aspecto artístico, pero que en cuanto al pensamiento general ofrece un gran carácter de verdad histórica, como así debió reconocerlo el pueblo de Madrid, que acudió a la exposición de este cuadro, verificada en el patio de la Academia de San Fernando el año de 1815.


José Aparcio. El hambre de Madrid. 1818. Museo del Prado (en depósito en el Museo de Historia de Madrid)

El mismo rey José, que a su vuelta de París, adonde había ido a felicitar al Emperador por el nacimiento de su hijo el Rey de Roma, o más bien, para impetrar algún auxilio pecuniario, que le fue concedido, y se halló con esta angustiosa situación del pueblo de Madrid, desde el primer momento acudió con subvenciones o limosnas, dispensadas a la Municipalidad, a los curas párrocos y a las diputaciones de los barrios. -Quiso además reunir en su presencia a estas tres clases, y las convocó con este objeto en el Palacio Real. Allí acudió mi padre, como todos los demás, y a su regreso a casa no podía menos de manifestar la sorpresa que le había causado la presencia del Rey, que, según él mismo decía con sincera extrañeza, ni era tuerto, ni parecía borracho, ni dominado tampoco por el orgullo de su posición; antes bien, en la sentida arenga que les dirigió en su lenguaje chapurrado (y que mi padre remedaba con suma gracia) se manifestó profundamente afligido por la miseria del pueblo, haciéndoles saber su decisión de contribuir a aliviarla hasta donde fuera posible, rogándoles encarecidamente se sirvieran ayudarle a realizar sus propósitos y sus disposiciones benéficas, para lo cual había destinado una crecida suma, que se repartió a prorrata entre las clases congregadas. -Seguramente (decía mi padre) este hombre es bueno: ¡lástima que se llame Bonaparte!

Texto de Ramón Mesonero Romanos. Memorias de un Setentón natural y vecino de Madrid. 1881