De todas las calles de Madrid, a las que tanto amaba Galdós, la de Toledo era su favorita. En varias ocasiones así lo indicó y en sus obras introdujo admirables descripciones de esta importante vía madrileña, antiguo camino hacia el sur. Tal vez la imagen más detallada la encontramos en Fortunata y Jacinta, publicada en 1887, cuando en el texto se describe el camino que inició Jacinta con
Guillermina para buscar al supuesto hijo de Juanito y Fortunata en "los barrios del sur" unos días antes de la Navidad.
Laurent. Calle de Toledo en Madrid, hacia 1890
Archivo Ruiz de Vernacci. Instiuto del Partimonio Cultural de España., Madrid
Las dos mujeres del elegante barrio de Pontejos, se pusieron en marcha hacia el Rastro a través de la bulliciosa y colorida calle de Toledo desde su inicio en la Plaza Mayor. Lo que Jacinta vio fue lo siguiente:
Los puestos a
medio armar en toda la acera desde los portales a San Isidro, las baratijas,
las panderetas, la loza ordinaria, las puntillas, el cobre de Alcaraz y los
veinte mil cachivaches que aparecían dentro de aquellos nichos de mal clavadas
tablas y de lienzos peor dispuestos, pasaban ante su vista sin determinar una
apreciación exacta de lo que eran. Recibía tan sólo la imagen borrosa de los
objetivos diversos que iban pasando, y lo digo así, porque era como si ella
estuviese parada y la pintoresca vía se corriese delante de ella como un telón.
En aquel telón había racimos de dátiles colgados de una percha; puntillas
blancas que caían de un palo largo, en ondas, como los vástagos de una
trepadora, pelmazos de higos pasados, en bloques, turrón en trozos como
sillares que parecían acabados de traer de una cantera; aceitunas en barriles
rezumados; una mujer puesta sobre una silla y delante de una jaula, mostrando
dos pajarillos amaestrados, y luego montones de oro, naranjas en seretas o
hacinadas en el arroyo. El suelo intransitable ponía obstáculos sin fin, pilas
de cántaros y vasijas, ante los pies del gentío presuroso, y la vibración de
los adoquines al paso de los carros parecía hacer bailar a personas y
cacharros. Hombres con sartas de pañuelos de diferentes colores se ponían
delante del transeúnte como si fueran a capearlo. Mujeres chillonas taladraban
el oído con pregones enfáticos, acosando al público y poniéndole en la
alternativa de comprar o morir. Jacinta veía las piezas de tela desenvueltas en
ondas a lo largo de todas las paredes, percales azules, rojos y verdes,
tendidos de puerta en puerta, y su mareada vista le exageraba las curvas de
aquellas rúbricas de trapo. De ellas colgaban, prendidas con alfileres,
toquillas de los colores vivos y elementales que agradan a los salvajes. En
algunos huecos brillaba el naranjado que chilla como los ejes sin grasa; el
bermellón nativo, que parece rasguñar los ojos; el carmín, que tiene la acidez
del vinagre; el cobalto, que infunde ideas de envenenamiento; el verde de panza
de lagarto, y ese amarillo tila, que tiene cierto aire de poesía mezclado con
la tisis, como en la Traviatta. Las bocas de las tiendas, abiertas entre tanto
colgajo, dejaban ver el interior de ellas tan abigarrado como la parte externa,
los horteras de bruces en el mostrador, o vareando telas, o charlando. Algunos
braceaban, como si nadasen en un mar de pañuelos. El sentimiento pintoresco de
aquellos tenderos se revela en todo. Si hay una columna en la tienda la
revisten de corsés encarnados, negros y blancos, y con los refajos hacen
graciosas combinaciones decorativas.
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