EL PLACER DE LA CULTURA

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domingo, 13 de agosto de 2023

La atalaya andalusí de Torrelodones

Al pie de la sierra de Guadarrama, sobre un promontorio granítico a casi 900 m de altitud, muy cerca del kilómetro 29 de la autovía del Noroeste, se alza una atalaya andalusí de casi 11 m. de altura. Hace un siglo, cuando la construcción estaba en estado ruinoso, se realizó una reconstrucción en la que se abrieron las ventanas y se coronó con almenas, dándole su aspecto actual.

Se encuentra en el término municipal de Torrelodones, a poca distancia del pueblo, en la Comunidad de Madrid. De hecho, podemos considerar que la atalaya fue la razón del origen de la localidad actual, ya que, a sus pies, a finales de la Edad Media, se abrió, al parecer, una venta en el camino, que fue el germen de un pequeño núcleo que en el siglo XVI acabó configurándose como villa. No en vano, la atalaya sigue siendo emblema y símbolo de Torrelodones.

Los arqueólogos Pablo Schnell y Miguel Ángel Bru han encontrado restos de cerámica andalusí, de cocina y de transporte, en los alrededores, lo que confirmaría su datación entre el siglo IX y XI. La atalaya de Torrelodones formaba parte del sistema defensivo de la Marca Media andalusí en época omeya. Junto con otra conocida como la Torrecilla, de la que quedan muy pocos restos y ubicada en un recinto militar, y otras desaparecidas, ejercía la vigilancia del camino hacia la sierra de Guadarrama, por donde hoy se despliega la citada autovía A-6. Seguramente este era el camino que llevaba hasta el Balat Humayd, o puerto de Tablada, que conducía hasta la Meseta Norte.

Con señales de humo o con espejos, los soldados enviaban mensajes de alerta desde una torre a otra, formando redes de comunicación entre las ciudades. Schnell y Bru plantean incluso que la atalaya de Torrelodones no sólo controlaba en época andalusí el camino hacia la sierra, sino también valles como el del Jarama e incluso que podría tener conexión visual con Mayrit. Pero también las atalayas servían para articular el territorio y dominar visualmente a los habitantes de la zona y a los caminantes, por lo que transmitían una eficaz imagen del poder omeya.

Se trata de una torre de planta circular, junto a la que se construyó en época posterior al periodo andalusí un anexo de forma rectangular, tal vez de finales de la Edad Media. La atalaya, cimentada sobre la roca, presenta fábrica de sillarejo irregular de granito. La puerta está elevada y el interior es macizo hasta la altura del acceso y desde ahí hacia arriba está hueca. Originalmente contaba sencillos pisos de madera que permitían subir hasta la parte superior para ejercer la vigilancia. Fue declarada Monumento Histórico-Artístico en 1983.


viernes, 29 de octubre de 2021

El “misterioso” alfiz de San Tirso en Oviedo

La consolidación de la monarquía astur durante el reinado de Alfonso II (791-842) tuvo su manifestación material más palpable en la construcción de una verdadera urbs regia, en Oviedo. Estaba formada por edificios ya existentes con anterioridad, algunos reconstruidos, y otros nuevos: el palatium de Alfonso II, la basílica de San Salvador, la iglesia-panteón dedicada a Santa María, el monasterio de San Vicente, el baptisterio dedicado a San Juan Bautista, la capilla relicario de la Cámara Santa y la iglesia de San Tirso, además de los edificios episcopales.

La torre de la catedral gótica de Oviedo, con la cabecera de la iglesia de San Tirso a la izquierda

De todo el complejo sólo quedan algunos restos, algunos integrados en la catedral gótica, en especial, la Cámara Santa. De la iglesia original de San Tirso, muy próxima a la catedral, apenas se conserva el muro exterior del testero recto, construido con el aparejo de mampostería y sillarejo en las esquinas típico de la arquitectura astur, ya que un incendio en el siglo XVI destruyó la mayor parte del edificio, que además ya había sufrido diversas restauraciones. Llama la atención la presencia en la parte alta del muro de una ventana formada por tres arquitos de medio punto peraltados, de ladrillo, sobre columnas de piedra reutilizadas, con basas y capiteles corintios, los de los laterales romanos y los centrales del siglo IX siguiendo el modelo clásico. Los arcos están enmarcados por una sencilla moldura recta, que se conoce como alfiz. Dos piedras, a modo de ménsulas, colocadas sobre las esquinas del recuadro, se utilizarían como quicios para las puertecitas de madera que cerrarían la ventana.

Cabecera de la iglesia de San Tirso. Detalle del triple vano con alfiz

Lo sorprendente es que el alfiz es un elemento característico del arte andalusí, que no esperaríamos encontrar en un edificio astur de principios del siglo IX. En al-Ándalus, el alfiz más antiguo conservado lo encontramos en la remodelación de la llamada puerta de San Esteban de la Mezquita de Córdoba, de tiempos del emir Muhammad I, fechada por su inscripción entre los años 855 y 856. Es decir, el alfiz de San Tirso sería anterior al primero conocido en la arquitectura andalusí.

Detalle de la Puerta de San Esteban de la Mezquita de Córdoba

Por esa razón el triple vano de San Tirso es todavía objeto de debate, ya que, si pensamos en una influencia islámica, tendríamos que retrasar la fecha de la obra hasta el siglo X, cuando encontramos en otros edificios asturianos, como, la iglesia de San Salvador de Valdediós, de nuevo la presencia del alfiz, en este caso con una posible relación con la llegada de mozárabes al reino astur en época de Alfonso III (866-910). Ya Schlunk hace más de setenta años propuso que la triple ventana de San Tirso podría haber sido de una restauración del siglo X sobre el muro de principios del siglo IX.

Sin embargo, si seguimos considerando que el alfiz se puede datar en el reinado de Alfonso II, deberíamos concluir que no es un elemento exclusivo del arte islámico. Así lo planteó Yarza, hace cuarenta años, de manera que el alfiz podría ser un elemento hispano anterior a la presencia islámica en la Península, con origen, aunque sea de manera marginal, en la arquitectura tardorromana y visigoda. El descubrimiento de otro alfiz en la ventana superior del testero de Santa María de Bendones, otra iglesia astur de la época de Alfonso II, parecería corroborar esta hipótesis, pero no olvidemos que el edificio, que estaba en ruinas, se reconstruyó a mediados del siglo XX mediante un trabajo que plantea algunas dudas. Los ejemplos visigodos que se han señalado como precedentes del alfiz de San Tirso no están tampoco nada claros. En cualquier caso, el triple vano de San Tirso, con su alfiz, nos traslada a un pasado evocador, al oscuro mundo de la Alta Edad Media en la Península Ibérica, oscuro por el escaso conocimiento que tenemos de él, pero deslumbrante por su belleza sencilla, rudimentaria y contundente.


lunes, 30 de noviembre de 2015

Los albores de la protección del patrimonio andalusí


En la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid se puede visitar hasta el 8 de diciembre la exposición “El legado de al-Ándalus”. Antonio Almagro Gorbea es el comisario de esta muestra, que da a conocer un conjunto de dibujos verdaderamente extraordinarios que pertenecen al patrimonio de la Academia. Son el resultado de dos importantes proyectos impulsados por la institución, en los siglos XVIII y XIX respectivamente, que podemos considerar como iniciadores de la valoración artística de los principales monumentos andalusíes y que son una muestra del ambiente ilustrado que reinaba en la casa de la calle de Alcalá.


 Sánchez Sarabia. Capitel nazarí

 
El primero de los proyectos es el de las “Antigüedades Árabes de España”.  Poco después de su nacimiento, los que sucedió en 1752, la Real Academia se movilizó para evitar la desaparición de las pinturas de la Alhambra y procuró que un artista granadino, Diego Sánchez Sarabia, las copiara. A raíz de este hecho, la Academia amplió su interés por el conjunto nazarí y desarrolló un gran trabajo de documentación arquitectónica, decorativa e histórica, con especial atención a la epigrafía árabe. Era la primera vez que se abordaba el estudio de un conjunto patrimonial con el objetivo de documentarlo ante el peligro de su destrucción. Y era el inicio de los estudios árabes e islámicos en Europa. Además esta exposición nos permite constatar que, pese a lo que muchas veces se piensa, el interés por el pasado andalusí no comenzó con los viajeros románticos extranjeros del siglo XIX. La Academia editó dos volúmenes de estampas de las Antigüedades Árabes de España, publicados en 1787 y 1804, respectivamente, que, por cierto, muchos de aquellos trotamundos decimonónicos conocieron antes de llegar a nuestro país.

La Academia en un principio contó con artistas granadinos, pero en una segunda fase, para solventar algunas deficiencias, convocó al ilustre arquitecto e ingeniero José de Hermosilla, y a dos estudiantes aventajados, Juan de Villanueva y Juan Pedro Arnal, que estaban completando su formación. Los tres se encuentran entre las figuras más brillantes de la arquitectura española de la época. En la exposición podemos ver los planos de la Alhambra dibujados por ellos, que pueden considerarse los primeros estudios arquitectónicos del monumento.

 Juan de Villanueva. Sección de Comares en la Alhambra

El segundo proyecto puede considerarse como una continuación del primero. Se trata de la edición de los Monumentos Arquitectónicos de España entre 1856 y 1882, con un objetivo más amplio, pero con un gran protagonismo también de los vestigios andalusíes. La exposición nos presenta los dibujos originales que se utilizaron en esta obra magna, fundamentales tanto por su valor documental como por su mérito estético. Sus autores fueron arquitectos formados en la Escuela de Arquitectura de Madrid, que recogen en sus obras la belleza de las antigüedades de al-Andalus.

Ricardo Arredondo. Cúpula del mihrab de la Mezquita de Córdoba

 

miércoles, 28 de enero de 2015

España según Richard Ford

La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando expone 203 dibujos, la mayoría inéditos, realizados por el viajero, escritor y, claro está, dibujante Richard Ford (1796-1858). Sin embargo esta última faceta del romántico británico que viajó por España entre 1830 y 1833 es menos conocida que su fascinante Manual para viajeros por España y lectores en casa, verdadero clásico de la literatura de viajes del siglo XIX. Aquí radica el gran interés de esta muestra, que expone ilustraciones que pertenecen a los descendientes de Ford y, por tanto, desconocidos en su mayoría.

Se trata de dibujos a lápiz y tinta, junto a algunas acuarelas, que han sido seleccionadas por el comisario de la muestra, Francisco Javier Rodríguez Barberán, entre los más de 500 que forman la íntegra colección que Ford se llevó de regreso a su país y que su  familia ha conservado hasta hoy. Entre ellos hay también algunos dibujos de Harriet, la esposa de Ford, que le acompañó en su periplo hispano. Y se pueden ver asimismo un retrato de Ford, realizado por el pintor orientalista John Frederick Lewis, y un conocido triple retrato del viajero, obra de José Domínguez Bécquer, padre del poeta Gustavo Adolfo. Se expone también el pasaporte que obtuvo Ford del conde de España, por entonces el Capitán General de Cataluña y alguno de los álbumes que encargó el viajero londinense para guardar sus dibujos.

José Domínguez Bécquer. Triple retrato de Richard Ford como “majo serio” en la Feria de Mairena, 1832

Ford nos revela a través de sus dibujos y acuarelas, desde su óptica particular, cómo era aquella España de los últimos años de la Década Ominosa del reinado de Fernando VII. Podemos ver un país con los campos de batalla de la Guerra de la Independencia aún humeantes, pese al tiempo transcurrido, con edificios arruinados por las tropas napoleónicas, todavía sin reparar. Es un país agreste, detenido, como sus ruinas de un pasado glorioso, un país apaciblemente oriental, inmovilista. No se atisban si quiera en estas obras de Ford los profundos cambios que iban a transformar España en los cuarenta años siguientes.
 
Richard Ford. Acueducto de los Milagros en Mérida, 1831

En el inicio de la exposición puede leerse un texto extraído de su Manual que es muy significativo de la visión romántica de Ford sobre España: “Los (viajeros) que aspiran a lo romántico, lo poético, lo sentimental, lo artístico, lo antiguo, lo clásico, en una palabra a cualquier tema sublime y bello, encontrarán en el actual y el antiguo estado de España material suficiente si vagan con lápiz y cuaderno en ristre por este curioso país, que oscila entre Europa y África, entre la civilización y la barbarie”.

 

Richard Ford. Nicho en la entrada del Salón de los Embajadores en la Alhambra de Granada (Escena orientalista), s/d (1831-1833)
En la muestra podemos ver apuntes del natural, muy libres, propios de un dibujante aficionado pero hábil, que trata de trasladar al papel su mirada objetiva aunque no inocente. En este sentido se detiene en paisajes sublimes, como Montserrat, el Tajo de Ronda o Gibraltar, pero también en vistas generales de ciudades, detalles de su periferia, los monumentos del pasado romano, andalusí o medieval, las calles y las plazas, la vida cotidiana o los personajes. Algunas vistas repetidas por la fotografía posteriormente hasta la extenuación aparecen ya apuntadas en Ford, como la del mirador de San Nicolás de Granada. Un detalle didáctico y muy moderno lo apreciamos en algunas panorámicas de ciudades en las que escribe el nombre de los principales monumentos junto a su dibujo.

La exposición está organizada en torno a los itinerarios de Ford por España. Comienza por Granada y Sevilla, ciudades en las que vivió de manera más permanente, y donde realizó una buena parte de sus dibujos y acuarelas, con especial atención a los monumentos andalusíes. A continuación la muestra recoge las imágenes de los viajes realizados por Levante, desde Almería hasta Barcelona, la Ruta de la Plata y el centro de la Península (Madrid, Toledo, Salamanca, Segovia y Guadalajara). De este modo, Richard Ford sentó las bases de las rutas, con sus hitos monumentales y pintorescos, de lo que hoy llamamos “turismo cultural” en España. 

miércoles, 16 de octubre de 2013

La alcazaba de Smara


Hasta hace poco más de medio siglo, el pueblo saharaui ha sido nómada, por lo tanto, la arquitectura era para los habitantes del desierto completamente innecesaria e incompatible con su forma de vida. Sin embargo, en la ciudad santa de Smara se encuentra una importante edificación, la más antigua del Sahara Occidental, debida a un hombre realmente extraordinario. Se trata de la alcazaba erigida por iniciativa del sheij (es decir, jeque, o guía espiritual) Ma al-Aynin, en realidad llamado Muhammad Sid al-Mustafa, pero conocido por el sobrenombre que le puso su madre y que puede traducirse como Agua de los Ojos.

 
Puerta occidental de la Alcazaba de Smara (julio de 2013)

 Ma al-Aynin nació hacia 1830, seguramente en territorio del actual Mali, y era hijo de un importante señor tribal; sabemos que estudió en Marrakech y que realizó en 1858 la preceptiva peregrinación a La Meca junto a uno de los hijos del sultán, Muley Abd al-Rahman, lo que demuestra sus buenas relaciones con la corte. A su regreso al Occidente de África, poco a poco fue ganando fama de hombre santo y sabio y el sultán de Marruecos lo nombró su representante en el territorio del Sahara.

Cuentan que en 1898 Ma alAynin acampó cerca de la tumba del fundador de una de las principales tribus saharauis, la de los Arosian, llamado Sid Ahmed Larosi. Recibió importantes donaciones que le convirtieron en rico y poderoso. Y en aquel lugar, donde abundaba el junco, y por tanto, el agua, y con la colaboración de los sultanes marroquíes y el trabajo de numerosos seguidores beduinos, fundó la primera ciudad del desierto occidental, Smara, que significa precisamente “junco” en lengua hassaniya, la variedad del árabe que hablan los saharauis.


Plano del Sáhara Occidental, con la ciudad de Smara señalada 
 
Ma al-Aynin erigió un edificio que era alcazaba (es decir, residencia fortificada), y también zawiya (escuela religiosa o monasterio), en Smara, alrededor de la cual se instalaron miles de jaimas. El edificio, que fue su morada, sigue en pie, y es el principal ejemplo del escaso patrimonio saharaui anterior a los españoles, que no llegaron a controlar esta ciudad situada a más de 200 km hacia  el interior del territorio del Sahara Occidental hasta los años de la II República.

En la alcazaba de Smara Ma al-Aynin recibía en audiencia a todo el que se le acercaba y le ofrecía su sabiduría, consejo, justicia o consuelo. Todas las tribus querían emparentar con él, por lo que se casó con numerosas mujeres y fue padre de innumerables hijos. Reunió una gran biblioteca, verdadero oasis de libros en el desierto, entre los que se encontraban un buen número de obras escritas por él.

Desde Smara el sheij congregó a numerosas tribus en torno a un proyecto de sedentarización y de resistencia ante la presencia extranjera en la zona, fundamentalmente dirigida a Francia, ya que España se limitaba a controlar la costa de su territorio. De este modo, en 1910 Ma al-Aynin declaró la Guerra Santa a los colonizadores franceses, presentes en el norte marroquí y en el sur mauritano, pero ese mismo año falleció en Tiznit, donde está enterrado. Sólo tres años más tarde un batallón francés ocupó y destruyó parcialmente Smara, lo que provocó las protestas de España, ya que la ciudad se hallaba en el Sahara español.

Cincuenta años después Julio Caro Baroja dedicó a Ma al-Ainin el estudio titulado “Un santón sahariano y su familia”, dentro de su imprescindible obra Estudios Saharianos (1955), para lo cual el antropólogo entrevistó a varios hijos del jeque y a otras personas que lo conocieron, visitó Smara y estudió diversos documentos.

Letrero conmemorativo de la fundación de la mezquita de la alcazaba de Smara por Ma al-Aynin en 1898 (1316 H.) (julio de 2013)
 
La alcazaba, de planta cuadrada ligeramente irregular, con lados de unos 60 m. de longitud, mantiene sus muros exteriores, construidos con la característica piedra oscura de Smara y barro. En el centro se encuentra la zawiya, un edificio cupulado donde el sheij recibía a los visitantes, enseñaba, administraba justicia y escribía. Alrededor de él se encuentran las estancias privadas de Ma al-Aynin y de sus cuatro esposas legales, además de otras construcciones, como un hammam (baño), establos, viviendas para los esclavos, etc.

Extramuros se encuentra una mezquita inacabada, que parece evocar, de forma simplificada, la austera belleza de los oratorios almohades, rasgo no exento de connotaciones políticas. Pueden verse algunos arcos de herradura sobre pilares, todo ello de piedra vista, situados a la derecha del mihrab, que parece conservar el eco del legendario Ma al-Aynin.


Vista de la mezquita inconclusa de la alcazaba de Smara (julio de 2013)

 
 

martes, 17 de septiembre de 2013

De Recópolis a Zorita de los Canes


El rey visigodo Leovigildo fundó en el año 578 una ciudad en el centro de la Península, a la que, en honor a su hijo Recaredo, llamó Recópolis. El actual yacimiento arqueológico, muy bien preparado para su visita, nos permite recrear el esplendor de una ciudad que simbolizaba la unidad territorial del reino, lograda por Leovigildo, y el proyecto de una nueva organización estatal, con el Imperio Bizantino como modelo. Más información en:


 

 

Ubicación del Parque Arqueológico de Recópolis (Guadalajara)


 Tras la llegada de los musulmanes en el siglo VIII, Recópolis apenas modificó su estructura urbana, hecho apreciable en la mayor parte de las ciudades andalusíes de la época. La ciudad fue escenario de conflictos entre fuerzas autonomistas y centralistas, con los bereberes Banū ‘Abdūs y los indígenas hispanos en un bando, y el Emirato de Córdoba en el otro.

Finalmente, Recópolis fue abandonada en las primeras décadas del siglo IX y la población pasó a un nuevo asentamiento, muy próximo, pero en un lugar con mejor defensa natural: Zorita. La antigua ciudad real visigoda pasó a ser cantera para la flamante fundación, que se corresponde con la actual Zorita de los Canes; se situó en una elevación del terreno, protegida por el río Tajo y el arroyo Badujo.

 

Vista de Zorita de los Canes desde el camino de Recópolis
 

El nacimiento de este enclave militar tenemos que entenderlo en relación, por un lado, con la presión de Ordoño I de León desde el norte, y, por otro, con las tendencias autonomistas de la región; en ese sentido, el emir omeya Muhammad I procedió a la fundación de varias fortificaciones en la región, además de Zorita: Madrid, Talamanca, Peñafora, Calatrava, Olmos y Canales. Estos puntos estratégicos estaban muy relacionados con la necesidad de defender las zonas fronterizas y servir de base a los ejércitos emirales, así como para consolidar la capacidad fiscal del estado en el territorio.

 Zorita, la nueva fundación islámica, fue un hito material en el fortalecimiento del poder emiral en época de Muhammad I; no obstante el cronista andalusí Ibn Hayyān menciona una rebelión en Zorita, protagonizada por Sulaymān b.‘Abdūs en el 868-869/255, poco después de la creación del enclave fortificado, lo que demuestra la fragilidad del control cordobés.

 Zorita llegó a ser una de las principales ciudades del centro de la Penísula en tiempos del Califato de Córdoba, punto estratégico en el paso del río Tajo de los caminos que unían el este y el centro. Y, por cierto, los Banū ‘Abdūs, siguen apareciendo, ahora como gobernadores de la ciudad, en las fuentes históricas. En el siglo X se consolidó como núcleo urbano, con la alcazaba como recinto fortificado y centro del poder, dominante sobre el entorno. De la reforma del núcleo fortificado original realizada seguramente por Abd al Rahman III en la primera mitad del siglo X se conserva la puerta de entrada al recinto con un arco de herradura, situado entre dos torres rectangulares. Posteriormente, en el siglo XIV, esta puerta califal quedó parciamente oculta, como vemos en las fotografías, por arcos apuntados góticos.

 

Vista de la puerta occidental de la alcazaba de Zorita desde el exterior
 
 

Vista de la misma puerta desde el interior de la alcazaba

 

También del siglo X se conservan numerosos sillares del recinto de la alcazaba, especialmente en la parte inferior de los muros. Se puede observar en distintas partes de la muralla de la Alcazaba la presencia de estos sillares dispuestos a soga y tizón, es decir, que se van alternando unos por su lado más largo (soga) y otros por el más corto (tizón), muy característicos del periodo califal.

 
 

Detalle del muro de la alcazaba, donde podemos ver, sobre la roca viva, los sillares más antiguo, a soga y tizón, sobre los cuales se encuentran materiales más modernos
 
La ciudad poseía su propia muralla, más allá de la cual se ubicaban los arrabales; muy transformado, permanece también en pie este segundo cinturón murado de Zorita del que apenas en la parte inferior podemos apreciar sillares califales. La puerta principal de la ciudad conserva dos capiteles visigodos procedentes de la cercana Recópolis. Ha desaparecido sin embargo un puente califal sobre el Tajo, mencionado en las crónicas andalusíes.

Tras la caída del Califato, Zorita pasó a formar parte de uno de los principales reinos de Taifas, el de los Banū Dīl-Nūn, que tenían su corte en Toledo. Todo el territorio del centro peninsular, Zorita incluida, se incorporó al reino cristiano de Castilla en torno a 1085. En los siglos posteriores, sobre todo en el XIII y en el XIV, Zorita, bajo el dominio de la Orden de Calatrava, sufrió cambios importantes: el castillo se reformó y se redujo de tamaño y en su interior se construyeron nuevas dependencias, entre ellas una interesante iglesia románica tardía.

 

Iglesia de la alcazaba de Zorita
 


 

 

martes, 2 de agosto de 2011

Una cúpula de tipo cordobés califal en Galicia

La iglesia del monasterio de Santa María de Armenteira, en la provincia de Pontevedra, es un magnífico ejemplo de arquitectura cisterciense. Erigida en torno al año 1200, presenta una fachada monumental, tres naves y cabecera tripartita. Destaca por su calidad constructiva y la ausencia de ornamentación, características propias de los templos del Císter.


Fachada de la iglesia y, a la derecha, entrada al monasterio de Armenteira
Foto de Beatriz García Traba, agosto de 2010

Un elemento arquitectónico, excepcional en Galicia, llama poderosamente la atención: sobre el crucero se eleva una cúpula de tipo califal cordobés, es decir reforzada con arcos que se cruzan dejando libre un espacio central.


Cúpula del crucero de la iglesia del monasterio de Armenteira Foto de Beatriz García Traba, agosto de 2010

En efecto, los modelos paradigmáticos de esta peculiar tipología se encuentran en la maqsura de la Gran Mezquita de Córdoba. El tipo más próximo al de Armenteira lo encontramos en el inicio de la maqusura, en la Capilla de Villaviciosa.


Cúpula de Villaviciosa de la Mezquita-Catedral de Córdoba

En la mezquita de Bib al-Mardun de Toledo, luego transformada en la iglesia del Cristo de la Luz, cuatro columnas visigodas reutilizadas, que soportan arcos de herradura, determinan nueve espacios cuadrangulares, cubiertos cada uno de ellos con una cúpula diferente, pero todas de raigambre cordobesa. Una de ellas, la señalada en rojo en el siguiente esquema del edificio, presenta el modelo imitado 200 años después en Armenteira.




En efecto, en algunos edificios cristianos de los siglos XII y XIII de la Península Ibérica aparecen cúpulas del mismo tipo, aunque con algunas diferencias constructivas con respecto a los modelos islámicos. El crucero de la iglesia de Armenteira es. en este sentido, un caso comparable a edificios segovianos o sorianos de la misma época, pero más alejado geográficamente de los paradigmas andalusíes. Se trata de una cúpula esquifada de ocho paños, es decir con base en un octógono, construida sobre trompas. La cúpula se apoya en dos parejas perpendiculares entre sí de arcos paralelos que se cruzan, pero que no se unen en el centro y dejan un cuadrado libre. Además cuatro nervios parten desde las trompas hasta las intersecciones de los arcos.


Cúpula del crucero de la iglesia del monasterio de Armenteira
Foto de Beatriz García Traba, agosto de 2010
 Según creemos, no se ha encontrado documentación que demuestre la presencia de maestros musulmanes trabajando en la cúpula de la iglesia del monasterio de Armenteira, aunque sí está probado que los monasterios gallegos de la época contaban con siervos musulmanes que se dedicaban a variadas tareas. No es descartable, por tanto, la intervención directa de artífices islámicos en esta magnífica obra, pero también podríamos considerar la posibilidad de que se tratarse de maestros cristianos conocedores de los modelos andalusíes, o, más probablemente, de modelos castellanos inspirados a su vez en la arquitectura califal. En cualquier caso, lo más interesante es la presencia de esta maravillosa cúpula de origen omeya en una región tan alejada de Córdoba.