EL PLACER DE LA CULTURA

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domingo, 26 de noviembre de 2023

Lady Hamilton y Goethe: a ver si adivinas quién soy

Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) está considerado como el principal escritor en lengua alemana de todos los tiempos y es el creador de algunos de los mitos más relevantes de la cultura occidental. Nacido en Fráncfort del Meno, realizó un memorable viaje a Italia entre 1786 y 1788, en vísperas de la Revolución Francesa. Este periplo se enmarca en un contexto histórico de auge del viaje artístico, literario y arqueológico entre los ilustrados, para cuya formación se consideraba imprescindible visitar Italia, especialmente Roma. El también alemán Johann Joachim Winckelmann (1717-1768) había puesto el foco en la Antigüedad clásica y el estudio del mundo grecorromano adquirió un lugar muy destacado en la mentalidad ilustrada.

El viaje a Italia, cuidadosamente preparado y desencadenado por una crisis personal, supuso un antes y un después en la biografía de Goethe. Implicó un verdadero renacimiento para el escritor y alumbró numerosas obras literarias. Durante todo el itinerario, el autor alemán realizó cientos de dibujos y escribió innumerables textos. A partir de apuntes de diario y extractos de cartas, publicó, tras una cuidadosa revisión, su famoso Italienische Reise (Viaje a Italia) en 1816, casi treinta años después del recorrido por el país transalpino.

Johann Heinrich Wilhelm Tischbein. Goethe en la campiña romana. 1787
Óleo sobre lienzo, 166 x 210,3 cm
Stäedel Museum, Fráncfort del Meno

El libro no es una guía turística, ni es sólo una suma de maravillosas descripciones, es también una aguda reflexión sobre la sociedad, la naturaleza, el arte, además del relato de un viaje interior, de una transformación interna. Entre los muchos episodios de interés que aparecen en el libro queremos detenernos en el capítulo correspondiente a la estancia del escritor alemán en Nápoles, donde visitó el Palazzo Sessa (por cierto, hoy sede del Goethe Institut en la ciudad), residencia del embajador británico en la corte partenopea, sir William Hamilton, coleccionista de antigüedades, explorador del Vesubio y gran diletante:  

El caballero Hamilton, que aún vive aquí como embajador de Inglaterra, ha encontrado ahora, tras una larga afición a las artes y un estudio muy profundo de la naturaleza, la cima de los placeres de la naturaleza y del arte en una bonita joven, una inglesa de unos veinte años que vive con él en su casa. Es preciosa y luce una bella figura. Hamilton le ha hecho confeccionar un vestido griego que le sienta a las mil maravillas; ella se lo pone, se desata la caballera, toma un par de chales y se entrega a tal variedad de actitudes, gestos y juegos de fisonomía, que al final uno cree en verdad estar soñando. Lo que tantos miles de artistas hubieran deseado crear, aquí se ve realizado en movimiento y con una sorprendente diversidad. En pie, de rodillas, sentada, acostada, seria, triste, burlona, provocativa, contrita, amenazadora, temerosa... Una actitud sigue a la otra. Sabe escoger y variar para cada expresión los pliegues del velo, y compone mil tocados diferentes con las mismas telas. Durante este tiempo, el maduro caballero sostiene la luz y se entrega en cuerpo y alma a este objeto. En esta mujer encuentra todas las antigüedades, todos los bellos perfiles de las monedas sicilianas, incluso el Apolo de Belvedere. Una cosa es cierta, se trata de un placer único que ya hemos disfrutado en dos veladas. Esta mañana Tischbein hace su retrato. (Traducción de Manuel Scholz Rich. Johann W Goethe, Viaje a Italia. Zeta,  Barcelona, 2009).

Angelica Kauffmann, Retrato de mujer en su aseo (Lady Hamilton), 1795
Óleo sobre lienzo, 131 x 103 cm
Museum of Fine Arts, Budapest

No sólo Johann Heinrich Wilhelm Tischbein retrató a Emma, que acabó casándose en 1791 con el embajador, sino también otros muchos artistas de la época, como Angelika Kauffmann y Louise-Élisabeth Vigée-Le Brun. En la exposición Maestras, que podemos ver en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza hasta el 4 de febrero de 2024, sendos cuadros, casi del mismo tamaño, de las citadas pintoras forman pendant. En el retrato de Kauffmann, Layd Hamilton, está en su aseo posando con un gesto inspirado en la Venus Calipigia helenística, pero está vestida y se muestra de frente. En el de Vigée-Le Brun asume la pose y la actitud de una bacante, haciendo sonar una pandereta, con su larga melena al viento y la luz del Vesubio bañando su vestido drapeado al estilo de la Grecia antigua.

Louise-Élisabeth Vigée-Le Brun. Lady Hamilton como una bacante. C. 1790-1792
Óleo sobre lienzo, 132,5 x 105,5 cm
National Museums Liverpool

Lady Hamilton fue una verdadera influencer de la época. Encargó a su modista que le confeccionara vestidos inspirados en las pinturas de los vasos griegos, los relieves romanos o las pinturas de Pompeya, así como en el atuendo de las campesinas del golfo de Nápoles. Y estos ropajes influyeron en la moda europea del momento gracias a las imágenes que se difundieron a través de las publicaciones ilustradas y de los propios cuadros. Muchos viajeros, entre ellos Goethe, disfrutaron de las llamadas attitudes, representaciones a medio camino entre el teatro, la danza y la pose pictórica, mediante las cuales Lady Hamilton remedaba a mujeres de la historia antigua o la mitología para que los invitados espectadores averiguaran de quién se trataba o a qué escena famosa se aludía. Este entretenimiento culto y algo decadente, característico de la época de la Revolución Francesa, es un precedente de las modernas performances.  


sábado, 8 de julio de 2017

Japón en versión madrileña, nueva exposición en el Thyssen

El Museo Thyssen ha inaugurado una pequeña pero deliciosa exposición titulada Madama Butterfly y la atracción por Japón. Madrid, 1868-1915, que permanecerá abierta hasta el 27 de agosto. De acceso gratuito, permitirá al visitante adentrarse en el fascinante mundo de la mirada hacia el lejano Japón desde la España del Sexenio Progresista y la Restauración Borbónica.
La muestra es fruto de la colaboración entre el Museo Thyssen-Bornemisza y el Teatro Real y tiene como punto de partida el estreno el 20 de noviembre de 1907 en Madrid de la ópera Madama Butterfly de Giacomo Puccini. Coincidiendo con una nueva programación de la popular ópera el comisario de la muestra, Juan Ángel López Manzanares, ha conseguido reunir más de cuarenta piezas de formato muy diverso que ilustran el contexto de aquel estreno en relación con la moda japonista, muy presente en la Europa de aquella época, incluso en una ciudad poco abierta entonces a influencias foráneas como Madrid.

Pedro Sáenz y Sáenz. Crisantemas. C. 1900. Propiedad de la Excma. Diputación Provincial de Málaga

Un destacado apartado está dedicado al propio estreno de la ópera de Puccini en el Teatro Real de Madrid, en 1907, bajo la dirección de Luis Paris. En él se pueden contemplar por vez primera las fotografías de geishas utilizadas para diseñar los decorados y mobiliario, así como los figurines originales, obra de Joaquín Xaudaró. Asimismo se ilustra la popularización de la cultura nipona a través de la moda, el teatro y la música de la época.

El visitante puede disfrutar también de algunos ejemplos del coleccionismo madrileño de arte nipón, como unas espléndidas estampas atesoradas por Joaquín Sorolla o las que ingresaron hacia 1915 en el Museo Nacional de Artes Industriales. Asimismo se incluyen algunas obras de artistas españoles activos en Madrid en la época que cubre la exposición que muestran la atracción por lo japonés, como un encantador cuadro de Pedro Sáenz, los curiosos retratos anónimos de María Cristina y Alfonso XIII ataviados al estilo nipón, o las ilustraciones de Joaquín Xaudaró.


lunes, 26 de diciembre de 2016

Parece un Renoir

En la exposición Renoir. Intimidad, que tiene lugar en el Museo Thyssen, podemos ver un buen número de mujeres que leen. Por ejemplo, la señora Monet vestida a la turca y recostada en un sofá apenas pintado. O una joven burguesa que lee el periódico apoyada sobre el hombro de su compañero. O una mujer envuelta en muselina que toca el piano y lee, por tanto, la partitura. O dos parejas de niñas que comparten un libro. O Gabrielle, la niñera, modelo, enfermera y confidente de Renoir. El de las lectoras es, sin dudas uno de los temas favoritos del maestro francés, al que interesaban los personajes absortos en una actividad, concentrados en ella. De esta manera, el espectador, como dice Guillermo Solana, comisario de la muestra, puede asomarse a su intimidad.

Pierre-Auguste Renoir. Gabrielle leyendo. 1906. Óleo sobre lienzo
Staatliche Kunsthalle Karlsruhe

Otro de los temas favoritos de Renoir es el desnudo femenino, género clásico de la pintura occidental practicado por el maestro a lo largo de toda su carrera, incluso en contra de los Impresionistas que lo rechazaban por considerarlo académico. En la exposición podemos disfrutar de un buen número de cuadros que nos muestran a monumentales y rotundas mujeres en la naturaleza o en interiores, que están a punto de bañarse, que se están desnudando o vistiendo, que se arreglan el cabello o que simplemente posan. Se trata de las famosas bañistas de Renoir, un amplio conjunto de obras concebidas para que el espectador espíe la intimidad femenina. 

Pierre Auguste Renoir. Las Bañistas. 1918-19. Óleo sobre lienzo. Detalle
París, Musée d'Orsay 

Una de las joyas del Museo Lázaro Galdiano es un pequeño pero cautivador óleo de Goya, realizado en los últimos años del siglo XVIII, es decir la época en la que el pintor aragonés llevó a cabo su espléndido trabajo en San Antonio de la Florida. Esta obra aúna los temas de la lectora y del desnudo femenino, tratados después por Renoir. Representa a una mujer, de rostro redondeado, mejillas sonrosadas y larga cabellera rubia, absorta en la lectura de un libro. Los dos brazos tienen un gran protagonismo en el cuadro, porque el derecho sirve de apoyo a la cabeza, en el gesto iconográfico de la melancolía, y el antebrazo izquierdo cubre por completo, acaricia, toda la superficie del libro. La forma de los brazos dibuja un rombo con la cabellera que cae sobre la espalda; la cabeza de la mujer sería el vértice superior del rombo.

Francisco de Goya. Magdalena penitente. 1797-1800. Óleo sobre lienzo.
Museo de la Fundación Lázaro Galdiano

Sus formas rotundas, la luminosidad de la piel, la sensualidad y la poesía de esta imagen nos recuerda a los desnudos que podemos ver en la última sala de la aludida exposición del Museo Thyssen, la de las bañistas. Hay que fijarse bien para descubrir que el libro se apoya sobre una calavera y que al fondo a la izquierda se alza una esquemática cruz en el brumoso paisaje. Todo ello nos permite concluir que la sensual mujer es la Magdalena penitente, aunque falte uno de los elementos habituales de su iconografía: el frasco de perfumes. Como señaló Camón Aznar, primer director del Museo Lázaro, esta sorprendente y cautivadora obra de Goya “parece un Renoir”. 

sábado, 26 de noviembre de 2016

Galdós, Caillebotte y el París del barón Haussmann

En sus Memorias de un desmemoriado (1915-1916), Benito Pérez Galdós relata su visita a la Exposición Universal de París que se celebró en 1867. Cuenta también que en aquel viaje pudo comprobar las transformaciones urbanísticas que la capital francesa estaba experimentado durante el Segundo Imperio. Los trabajos habían empezado en 1852 y siguieron hasta 1870, bajo la dirección del barón Haussmann y con el impulso de Napoleón III:

El resto de mi tiempo, en aquel verano, lo empleaba paseándome, observando la transformación de la gran Lutecia, iniciada por el Segundo Imperio. Los Bulevares Haussmann, Malesherbes, Magenta y otros de la orilla derecha, así como los de Saint Germain y Saint Michel en la otra orilla izquierda, estaban en construcción. No se veían más que derribos de barrios enteros y enormes hileras de andamios.

En aquel tiempo el joven Gustave Caillebotte vivía en la Rue de Miromesnil, situada en el corazón de las reformas de Haussmann, y estaba comenzando a pintar. En los cuadros de los años 70 aparece, como en el texto de Galdós, la nueva ciudad que se estaba construyendo, con sus grandes perspectivas, sus tonos grises, y sus habitantes: los obreros con blusones y los elegantes burgueses.


Gustave Caillebotte. Pintores en un edificio. 1877. Óleo sobre lienzo. Colección privada

En un cuadro de 1877, Pintores en un edificio, expuesto en la reciente retrospectiva que ha dedicado a Caillebotte el Museo Thyssen, podemos ver la fase final de las obras parisinas. Aparecen cuatro pintores de brocha gorda que terminan la decoración de la fachada de un comercio; a la izquierda se abre la gran perspectiva rectilínea de una larga calle en la que circulan algunos transeúntes y un carruaje en la lejanía. Los colores utilizados por Caillebotte son muy limitados, con matices de beige, gris, y azul, apenas destacados por los verdes y rojos de la fachada. Es, en cualquier caso, como el texto de Galdós, un delicioso testimonio del carácter pétreo del nuevo Paris diseñado por el barón Haussmann. La calle, tal y como Caillebotte la pinta, parece aún cubierta por el polvo de las obras, como ha explicado la comisaria de la exposición, Marina Ferreti.

martes, 4 de octubre de 2016

San Francisco de Asís y Caravaggio

Hoy, 4 de octubre, día de San Francisco de Asís, es un buen momento para recordar uno de los cuadros más impresionantes de Caravaggio, del que hemos podido disfrutar en la recientemente clausurada exposición dedicada por el Museo Thyssen al maestro milanés y a su influencia sobre los pintores centroeuropeos. A buen seguro la impactante imagen de San Francisco en meditación, obra fechada en 1606 y conservada en el Museo Civico “Ala Ponzone” de Cremona, es una de las que habrá quedado grabadas en la retina y en el corazón de los visitantes.


Este óleo sobre lienzo, pintado por Caravaggio cuando tenía alrededor de 35 años, fue uno de las últimas obras que realizó antes de huir de Roma después de haber matado al también pintor Ranuccio Tomassoni. Este oscuro incidente puso fin a su fulgurante etapa romana en la que había alcanzado un enorme éxito. Y es que, aunque había frecuentado los ambientes más selectos de la espléndida Roma de la época, también pululaba por los bajos fondos y frecuentemente se veía envuelto en peleas y problemas con la justicia. El fallecimiento de Tomassoni a manos de Caravaggio le obligó a huir de la ciudad eterna, a la que ya nunca habría de regresar, porque la muerte le sorprendió cuatro años después, justo cuando estaba a punto de volver a Roma.
En dicho contexto histórico, este San Francisco podría incluir una referencia autobiográfica, en el sentido de que puede interpretarse como una petición de perdón por parte del pintor, ya que sabía que este cuadro se iba a exponer en Roma, como señala el comisario de la exposición del Thyssen, Gert Jan van der Sman en el catálogo. Así, el pintor se identificaría con el santo y su expresión aludiría al arrepentimiento de Caravaggio dirigido a las autoridades romanas.


La iconografía, típicamente contrarreformista, es la del santo penitente en un paisaje agreste, pero Caravaggio extrema la intensidad de la meditación de Francesco, especialmente a través de la torsión de su cabeza y el forzado gesto del cuerpo y de la presencia del crucifijo, en extraordinario escorzo, separando las páginas del libro sagrado. La impactante factura de las pinceladas, anchas, sueltas, muy modernas, y la teatral utilización de la luz, enfatizan la energía penitente del personaje. Al parecer, se representa concretamente un pasaje de la vida de San Francisco en el que, tras abrir el Evangelio tres veces casualmente por el relato de la Pasión, meditó sobre su participación en el martirio de Cristo, lo que se considera un precedente de la aparición de los estigmas.

martes, 26 de febrero de 2013

Impresionismo y Aire libre


Un soplo de aire fresco en la cara, que mitiga, al menos, el incendio que nos consume. La exposición del Museo Thyssen, Impresionismo y Aire libre: de Corot a Van Gogh hace disfrutar al visitante de una experiencia deliciosa. Sobre un fondo gris más de cien obras, tres cuartas partes de ellas nunca antes vistas en España, llenan de color la sala de exposiciones. Juan Ángel López Manzanares, comisario de la muestra, subraya que tendemos a identificar la pintura al aire libre con el Impresionismo, pero que, como demuestra la exposición, esta práctica se inició mucho antes.

La pintura al aire libre, llena de dificultades para el pintor, como ilustra un cuadrito de Jules Coigniet que podemos ver en la exposición, comenzó a finales del siglo XVIII. Frente a los idealizados paisajes clásicos elaborados en el estudio, los jóvenes paisajistas de finales del siglo XVIII comenzaron a ejercitarse a través de pinturas al aire libre, principalmente durante sus estancias en Italia, con el afán de obtener mayor veracidad en sus obras. Y a lo largo del siglo XIX se fue haciendo menos clara la diferenciación entre obras pintadas en el exterior y composiciones de estudio, hasta que con los impresionistas los paisajes al aire libre alcanzaron el estatus de obra definitiva.

Hay dos características comunes a todas las obras de la exposición: todos los cuadros son óleos, sobre lienzo o sobre papel, técnica que se vincula habitualmente al cuadro acabado; y todos son paisajes, con mínima presencia humana, a veces testimonial, lo que no impide que sean paisajes humanizados por la mirada del pintor, siempre presente. En este sentido Juan Ángel ha concebido la exposición como un homenaje al barón Hans Heinrich Thyssen, el hombre que cambió la orientación de la colección familiar, centrada hasta entonces en el retrato, y que dio un mayor protagonismo al paisaje.

Claude Monet. Les Pirámides de Port-Coton. 1886. Arp Museum Bahnhof Rolandseck

La muestra se estructura en apartados temáticos según el listado de motivos para la pintura al aire libre propuesta por Valenciennes, considerado como el padre de este tipo de pintura. Dentro de cada sala, podemos observar ejemplos de diferentes aproximaciones a los mismos motivos, desde diferentes escuelas y distintas cronologías. En la exposición, por ejemplo, podemos comprobar el contraste entre el pintoresquismo detallista de Von Rohden y el sintetismo y la sencillez de Corot en la representación de las ruinas romanas. También disfrutamos comparando el acercamiento científico y preciso de los pintores norteamericanos de la Escuela del Hudson a las rocas y el carácter constructivo de los cuadros de Cézanne realizados en el rocoso bosque de Fontainebleu. El naturalismo de las montañas de Carlos de Haes contrasta con el subjetivismo y la expresividad de los Alpes en las obras de Hodler. La precisión de Michallon en la representación de los árboles poco tiene que ver con la subjetiva y llameante visión de Van Gogh. El agua, en movimiento incesante en la obra de Turner, parece solidificarse en los cuadros de Courbet. Las nubes veristas de Constable poco tienen que ver con las más abstractas y subjetivas de Nolde. La exposición también nos permite, por ejemplo, comparar la pincelada impresionista de colores yuxtapuestos de las marinas de Monet con las amplias pinceladas de las pintadas por Sorolla.

Joaquín Sorolla. Mar y rocas de San Esteban, Asturias. 1903. Museo Sorolla, Madrid

En definitiva, Impresionismo y Aire libre ilustra una práctica artística difícil, pero que abrió nuevas posibilidades a la representación del paisaje y que favoreció grandes transformaciones en la pintura del siglo XIX.