EL PLACER DE LA CULTURA

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domingo, 22 de marzo de 2026

Reabre el túnel de Bonaparte, pero no tiene salida

Un rey instalado en el trono de un país extranjero por su poderosísimo hermano. Un soberano, que, a regañadientes, aceptó el reto y trató de cumplir de la mejor manera su difícil encargo. Un monarca sitiado en Madrid por un pueblo que no aceptó la injerencia. No es difícil entender por qué José Bonaparte pidió en 1809 a su arquitecto, el gran Juan de Villanueva, un "paso secreto" para poder trasladarse rápida y discretamente del Palacio Real a la Casa de Campo con la intención de evadirse durante algunos momentos de situación tan complicada.

Fachada del "túnel de Bonaparte" desde el Campo del Moro. Marzo de 2023.

Villanueva ofreció al monarca intruso una compleja solución compuesta por una bajada arbolada desde la fachada occidental del Palacio hacia el río para atravesar el Parque de Palacio (todavía no existían los jardines del Campo del Moro), seguida de un túnel por debajo del paseo de la Virgen del Puerto construido en talud en la segunda mitad del siglo XVIII, a continuación, un paso elevado sobre los lavaderos de la Reina y finalmente un puente sobre el Manzanares. El sistema se llevó a cabo de manera provisional, hasta que en, ya en la época de Fernando VII, se consolidó con la construcción del puente del Rey, que, transformado y muy ampliado, da hoy acceso a la Casa de Campo desde la glorieta del Príncipe Pío. 

Interior del túnel. Marzo de 2023

El arquitecto del Museo del Prado construyó el túnel en forma de paso abovedado de ladrillo, con las fachadas de cantería. A lo largo del tiempo el pasadizo, situado exactamente en eje con respecto a la fachada del Palacio, ha sufrido modificaciones, como la elevación del suelo o la colocación de rocalla en los frentes de sus fachadas a finales del siglo XIX. Ya hace unos años se retiró la rocalla del arco, aunque se conserva en las escaleras de acceso al jardín desde el paseo de la Virgen del Puerto. Recientemente el túnel ha sido restaurado y abierto al público por Patrimonio Nacional y ha recuperado el nivel original del suelo, lo que ha permitido comprobar que la altura y anchura del túnel tienen las mismas dimensiones.

Detalle de la bóveda de ladrillo. Marzo de 2023.

Hay que celebrar la posibilidad de acceder desde el Campo del Moro a este espacio tantos años cerrado. Desgraciadamente, tras recorrer el túnel. el visitante se encuentra con una verja que impide el paso a Madrid Río. Cuando se enterró la M-30, el Ayuntamiento construyó un extraño edificio situado al otro lado del túnel, que se mantiene cerrado y que, de todos modos, cuando alguna vez se abra, tan sólo permitirá una comunicación en recodo y salvando desniveles, lo que desvirtúa la claridad compositiva de Villanueva.


lunes, 7 de enero de 2019

El Museo Josefino, precedente del Museo del Prado


Cuando estamos comenzando el año en el que el Museo Nacional del Prado va a cumplir dos siglos, es de justicia recordar el precedente más inmediato de la ilustre institución: el Museo Josefino.

La política cultural y científica desarrollada por José Bonaparte durante su convulso reinado (1808-1814) y centralizada en Madrid puso de manifiesto el carácter ilustrado de un rey que tuvo entre sus principales colaboradores a un buen número de los mejores intelectuales del país, los despectivamente denominados “afrancesados”. Entre ellos podemos destacar a Francisco de Goya, Leandro Fernández de Moratín, Juan Antonio Llorente, Meléndez Valdés, el Abate Marchena, Juan Sempere y Guarinos, José Antonio Conde, Alberto Lista o Manuel Silvela. Herederos en gran medida del reformismo ilustrado, formaban, no obstante, un grupo muy heterogéneo dentro del cual cabían los entusiastas seguidores del rey, los que compartían las ideas reformistas de José pero que censuraban la ocupación militar y los que aceptaban por conveniencia o cobardía la colaboración con el monarca. La mayoría de estos hombres, junto a varios miles de compatriotas, abandonaron España con el rey en 1813 camino del exilio.

José I, hombre culto e ilustrado y rodeado por este brillante grupo, diseñó una política cultural y científica ambiciosa, pero de escaso alcance a causa de la situación bélica y la crisis económica. Madrid fue el eje de dicha política, como sede de una serie de instituciones que apenas echaron a andar. Tanto la instrucción pública, que trató de ser impulsada y renovada, como los asuntos culturales quedaron bajo la responsabilidad del nuevo Ministerio del Interior, creado por real decreto de 6 de febrero de 1809.

Uno de los principales proyectos del rey desde el punto de vista cultural fue el Museo Josefino, una gran institución pública que debía reunir obras de la escuela española y antigüedades procedentes de las colecciones reales y de los edificios religiosos desamortizados en el verano de 1809. El Museo Josefino fue creado por real decreto de 20 de diciembre de 1809 y puede considerarse como el primer intento de crear en España un museo que permitiera el acceso del público al patrimonio nacional.


Josep Bernat Flaugier, José I, 1813. Barcelona, Museu Nacional d’Art de Catalunya

Primero se pensó instalar dicho museo, embrión del actual Prado, en el convento de las Salesas Reales e incluso se encargó a Silvestre Pérez su adecuación arquitectónica. Luego se pensó en el edificio de Villanueva del paseo del Prado, pero finalmente se designó mediante real decreto de 22 de agosto de 1810 como sede al palacio de Buenavista, donde había fallecido su propietaria, la duquesa de Alba, en 1802, que lo había dejado en herencia a sus médicos, hasta que finalmente había pasado a manos de la Corona. El palacio comenzó pronto a recibir obras de arte, que se fueron almacenando en sus estancias.

Francisco de Goya y el pintor y restaurador Manuel Napoli seleccionaron los cuadros y elaboraron el catálogo del Museo Josefino, junto a Frédéric Quilliet. Se llevaron a Buenavista obras procedentes del monasterio de El Escorial y de conventos y palacios de Madrid y Andalucía, estas últimas obras seleccionadas por el citado Quilliet, que acompañó al rey durante su campaña por el sur de la Península, mientras Pérez preparaba la adaptación arquitectónica del edificio. Sin embargo, el Museo Josefino nunca llegó a abrir sus puertas. En 1814, después de la marcha de José Bonaparte, se intentó ceder el palacio de Buenavista a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando para instalar, en este caso, un nuevo Museo Fernandino, heredero del ideado por José Bonaparte, que acabaría abriendo sus puertas con el nombre de Museo Real de Pinturas en noviembre de 1819 en el gran edificio de Villanueva del Paseo del Prado.

He aquí el texto del Real Decreto de 20 de diciembre de 1809 fundando en Madrid un museo de pintura, que contendrá las colecciones de las diversas escuelas, y á este efecto se tomarán de todos los establecimientos públicos, y aun de nuestros palacios, los cuadros que sean necesarios para completar la reunión que hemos decretado, y también se formará una colección general de los pintores célebres de la escuela española (Gaceta de Madrid- 21/12/1809, nº 356, pp. 1554 - 1555):

Don Josef Napoleon por la gracia de Dios y por la constitucion del estado REI de las Españas y de las Indias.
Queriendo, en beneficio de las bellas artes, disponer de la multitud de quadros, que separados de la vista de los conocedores se hallaban hasta aqui encerrados en los claustros; que estas muestras de las obras antiguas mas perfectas sirvan como de primeros modelos y guía á los talentos; que brille el mérito de los célebres pintores españoles, poco conocidos de las naciones vecinas; procurándoles al propio tiempo la gloria inmortal que merecen tan justamente los nombres de Velazquez, Ribera, Murillo , Rivalta , Navarrete, Juan San Vicente, y otros;
Visto el informe de nuestro ministro de lo Interior, y oído nuestro consejo de Estado,
Hemos decretado y decretamos lo siguiente:
ARTICULO I. Se fundará en Madrid un museo de pintura, que contendrá las colecciones de las diversas escuelas, y á este efecto se tomarán de todos los establecimientos públicos, y aun de nuestros palacios, los quadros que sean necesarios para completar la reunión que hemos decretado.
ART. II. Se formará una coleccion general de los pintores célebres de la escuela española, la que ofreceremos á nuestro augusto hermano el Emperador de los franceses, manifestándole al propio tiempo nuestros deseos de verla colocada, en una de las salas del museo Napoleon, en donde, siendo un monumento de 1a gloria de los artistas españoles, servirá como prenda de la union mas sincera de las dos naciones.
ART. 111. Se escogerán entre todos los quadros, de que podemos disponer, los que se juzgaren necesarios para adornar los palacios que se destinen á las cortes y al senado.
ART. IV. Nuestros ministros de lo Interior y de Hacienda, y el superintendente general de la real casa, tomaran de acuerdo las providencias convenientes para la execucion de este decreto.

= Firmado = YO EL REI. = Por S. M. Su ministro secretario de Estado Mariano Luis de Urquijo.


martes, 20 de mayo de 2014

Doscientos años de la llegada de Fernando VII a Madrid


Este año 2014 conmemoramos el principio o el final de algunos grandes conflictos bélicos internacionales, entre ellos el segundo centenario de la conclusión de la llamada Guerra de Independencia Española. Entre los hechos más destacados a recordar se encuentra sin duda el regreso del rey Fernando VII a España, su entrada en Madrid y la derogación de la Constitución de 1812.

Tras una brevísima estancia en Madrid como rey después de la abdicación de su padre en marzo de 1808, Fernando VII pasó la Guerra en Francia, en el exilio dorado de Valençay. Los españoles del bando patriota lucharon en su nombre y cuando obtuvieron la victoria, el rey deseado regresó, pero impuso el absolutismo.

La entrada oficial en Madrid el 13 de mayo de 1814 fue una gran ceremonia, preparada cuidadosamente por las Cortes, trasladadas a la capital desde Cádiz, la Regencia, que ostentaba el poder ejecutivo, y el Ayuntamiento constitucional. La ciudad se engalanó, se construyeron monumentos efímeros y se diseñó un gran itinerario oficial. La documentación que conservamos nos permite reconstruir exactamente el recorrido seguido por el rey, analizar los monumentos erigidos ad hoc y estudiar el ceremonial puesto en práctica y su significado. Todo fue concebido para honrar a un rey constitucional, pero quien entró por la Puerta de Atocha aquella fecha que ahora recordamos fue un monarca absoluto, ya que durante su largo viaje desde Francia tuvo lugar un golpe de estado que acabó con el débil estado liberal surgido en Cádiz.

 
Itinerario seguido por Fernando VII el 13 de mayo de 1814 en su entrada oficial en Madrid en el Plano de Madrid de Juan López (1812)
 
Con dos charlas en la Biblioteca Regional, una sobre la la aproximación de Fernando VII a Madrid y la otra acerca del análisis de la ceremonia oficial de entrada en la ciudad, queremos contribuir a recordar estos días de 1814 que cambiaron la historia de España.

Información sobre las conferencias:

1814: EL REGRESO DE FERNANDO VII A MADRID

Francisco Juez, doctor en Geografía e Historia

Dirección: Ramírez de Prado, nº3 28045 Madrid. Se puede llegar a la biblioteca en metro: Delicias (Línea 3) y Méndez Álvaro (Línea 6), con trenes de Cercanías: Delicias (Líneas C-5, C-7b y C-10) y con los autobuses 8 y 102.

Entrada libre hasta completar el aforo

Martes 20 de mayo. 19 h. Fernando VII en camino hacia Madrid. La ciudad se prepara para recibirle.

Martes 27 de mayo, 19 h. La entrada oficial de Fernando VII en Madrid.

 

 

jueves, 6 de marzo de 2014

Doscientos años en busca de los restos de Cervantes

La Dirección General de Patrimonio de la Comunidad de Madrid ha autorizado al Ayuntamiento de la capital a buscar los restos mortales de Miguel de Cervantes en el edificio del convento de las Trinitarias, en la calle que hoy lleva el nombre de otro genio del Siglo de Oro, Lope de Vega. Hace casi cuatro siglos, el 23 de abril de 1616, el autor del Quijote fue enterrado en la primitiva y muy modesta iglesia del monasterio madrileño, que fue derribada posteriormente y sustituida por la actual, con diseño de Marcos López fechado en 1668. La búsqueda de los restos se va a realizar con un georradar en el subsuelo del antiguo templo, donde se encuentran nueve enterramientos, según un informe de 1870. Un año antes, se había instalado una lápida conmemorativa en la fachada del convento a iniciativa de la Real Academia Española, obra en mármol de Ponciano Ponzano.

 
Lápida conmemorativa del enterramiento de Cervantes ubicada en la fachada del convento de las Trinitarias, en la calle de Lope de Vega. Fotografía de Francisco Juez. 19/09/2009
 
No es, sin embargo, la primera vez que se realiza esta búsqueda. Según Mesonero Romanos, José I creó una comisión formada por los médicos Morejón y Arrieta y el arquitecto Silvestre Pérez con el mismo objetivo. El real decreto de 21 de junio de 1810 disponía, en efecto, que los restos del escritor, junto con los de otros ilustres hombres que estaban enterrados en diferentes conventos de Madrid, se reunieran en la actual colegiata de San Isidro, en el que fue probablemente el primer proyecto de un panteón de hombres ilustres en España, como ha estudiado Álvarez Barrientos. Sin embargo, los huesos de Cervantes nunca aparecieron. José Bonaparte quiso también elevar un monumento al creador del Quijote en Alcalá de Henares, pero esta iniciativa tampoco se llevó a término.

En el citado real decreto de 21 de junio de 1810 se cita, en efecto, a Cervantes entre los hombres ilustres, cuyos restos mortales han de ser trasladados:  
 
Don José Napoleon por la gracia de Dios y por la Constitucion del Estado Rey de las Españas y de las Indias.

Deseando honrar la memoria de los españoles ilustres en letras, ó de bien acreditada celebridad en bellas artes, y que los monumentos de su gloria no se pierdan ni olviden: visto el informe de nuestro Ministro de los Interior,

Hemos decretado y decretamos lo siguiente:

 
ARTÍCULO PRIMERO.

En todo el reyno se conservarán los monumentos sepulcrales de hombres ilustres, insignes en letras, ó de gran celebridad en bellas artes.
 
ART. II

 Los sepulcros, bustos o lápidas de hombres célebres, que se hallen en monasterios ó conventos suprimidos, se trasladarán á la Iglesia principal ó Catedral donde la hubiere. 

ART. III

 En esta capital las cenizas de Miguel de Cervantes, que yacen en el convento de las Trinitarias, las del escultor Gaspar Becerra, que estan en la Vitoria, el sepulcro de Saavedra, que se halla en Recoletos, el del historiador de México Solis en S. Bernardo, y el de D. Jorge Juan en San Martín, se trasladará a San Isidro el Real.

jueves, 20 de junio de 2013

21 de junio de 1813: la Batalla de Vitoria


Posiblemente José Bonaparte tomó demasiado tarde la decisión de replegarse hacia el norte de la Península. Con Wellington pisándole los talones, decidió jugarse el futuro del reino en una sola batalla, sin esperar a unirse con el ejército de Suchet que estaba en Valencia y sin buscar otro escenario más propicio.

El 19 de junio de 1813 llegó a Vitoria, con un ejército de unos 60.000 hombres y más de 10.000 civiles entre miembros de la administración josefina y familias de afrancesados. El ejército aliado, con Arthur Wellesley, duque de Wellington, al frente, estaba formado por unos 78.000 componentes, entre británicos, españoles, portugueses y alemanes.

Los historiadores militares han señalado los muchos errores cometidos por José I, por ejemplo, el defectuoso despliegue del ejército imperial, el desinterés por conocer la posición de su enemigo y la falta de preparación del campo de batalla, ya que, no voló los puentes que le separaban de las tropas de Wellington.

La batalla que comenzó en la mañana del lunes 21 de junio y que terminó hacia las ocho de la tarde, supuso una derrota sin paliativos para el ejército imperial y significó el final del reinado de José Bonaparte en España. Casi 13.000 personas murieron en la parte occidental de la Llanada alavesa, donde se libró la batalla en tres escenarios diferentes. El propio hermano de Napoleón estuvo a punto de caer prisionero y sólo lo evitó huyendo a caballo y abandonando su valioso cargamento. Sólo siete días después de la batalla, el 28 de junio José I cruzó el Bidasoa y abandonó España para siempre.
 Ludwig van Beethoven.
Wellingtons-Sieg oder Die Schlacht bey Vittoria : [1816]. Biblioteca Nacional de España

 El eco de la batalla fue enorme en toda Europa e incluso Ludwig van Beethoveen compuso una Sinfonía para celebrar la victoria contra las tropas napoléonicas. Austria, Rusia, Suecia y Prusia rompieron las negociaciones con el Emperador tras recibir las noticias de Vitoria y se organizaron de nuevo para acabar derrotando a Napoleón en Leipzig entre el 16 y el 19 de octubre de 1813.

miércoles, 13 de marzo de 2013

17 de marzo de 1813. José Bonaparte abandona Madrid

La Gazeta de Madrid de 18 de marzo de 1813 informó escuetamente de la salida de José Bonaparte de la villa: “El REI nuestro señor salió ayer de esta corte a recorrer las líneas de los exércitos”. No era la primera vez que se veía obligado a dejar la sede de la corte, pero sí sería la definitiva: lo había hecho el 1 de agosto de 1808, como consecuencia de la victoria del bando patriota de Bailén, cuando sólo llevaba 11 días en la ciudad; repuesto en el Palacio Real merced a la decisiva intervención de su hermano el Emperador, volvió a huir de Madrid el 11 de agosto de 1812, esta vez como consecuencia de la derrota napoleónica en Los Arapiles. Sin embargo, en el comienzo de la primavera de 1813 José Bonaparte dijo adiós a Madrid de manera definitiva e inició una marcha hacia el norte que le llevó primero a Valladolid y luego a la derrota irreversible de Vitoria, el 21 de junio del mismo año. Entonces dejó de ser, de facto, rey de España, aunque no abdicó hasta el 7 de enero de 1814, ya en tierras francesas.
La situación militar en la Península, en claro retroceso para los ejércitos napoleónicos, fue determinante para la salida de José I de Madrid. El emperador animó a su hermano mayor a abandonar Madrid y a trasladar su cuartel a Valladolid, para recuperar el control del norte peninsular. José Bonaparte se resistió a dejar Madrid porque sabía que su marcha de la corte supondría el ocaso de su reinado. Pero las esperanzas que tenía puestas en la ciudad se habían ya desvanecido hacía tiempo. Madrid había mostrado claramente su preferencia por el bando patriota cuando había sido conquistada por Wellington y los guerrilleros en el verano de 1812. La posterior recuperación de la ciudad por parte de José Bonaparte fue sólo un espejismo. La consecuente persecución, si bien no demasiado feroz, contra aquellos que habían colaborado con el bando patriota, había provocado incluso un aumento de su impopularidad, como diríamos hoy, entre los madrileños.

Josep Bernat Flaugier. Retrato de José Bonaparte.
Museu Nacional d'Art de Catalunya, Barcelona, c. 1809

José salío de Madrid el 17 de marzo de 1813 y seguramente sabía que no volvería jamás a pisar aquella ciudad. Dejaba atrás el fracasado intento de haber construido un nuevo reino de España. El rey “intruso” no se iba con las manos vacías: llevaba documentos oficiales, cartas privadas, un orinal de plata y entre otros objetos de valor, más de 200 óleos enrollados, dibujos y grabados, que Wellington incautó en la batalla de Vitoria. Fernando VII, entre generoso, irresponsable e ignorante, regaló la mayor parte al ilustre general inglés y hoy forman parte de la colección de la Apsley House londinense: son 83 obras, entre ellas la Última Cena, de Juan de Flandes (y que perteneció a Isabel la Católica), El aguador de Sevilla, de Velázquez o La oración en el Huerto, de Correggio.

Correggio. La oración en el Huerto. Apsley House, Londres. 1525

Con José Bonaparte se marcharon la corte y la administración josefinas, todo el servicio palatino, los altos funcionarios y algunos religiosos secularizados. De esta manera se acababa con la ficción de un poder soberano que en realidad no existía, como le confesó el rey al embajador Laforest en una carta de febrero de aquel año. También marcharon con el rey “intruso” numerosos madrileños afrancesados; Estala o Moratín se fueron poco después que el rey; Meléndez Valdés fue de los últimos en abandonar Madrid, entre los postreros convoyes de afrancesados que continuaron saliendo, con familias enteras, hasta finales de mayo, cuando se completó la evacuación de Madrid.

El rey decidió mantener algunas fuerzas de ocupación en la ciudad, con el general Hugo al frente. También ordenó que al día siguiente de su marcha, se organizara una novillada en la Plaza Mayor, con entrada gratuita y culminada con fuegos artificiales. Asimismo se celebró la onomástica del rey ausente el 19 de marzo, como indica la Gazeta de Madrid (núm. 79, de 20/03/1813, pág. 316) y el Diario de Madrid (19/3/1813, págs. 1-3), con nuevas novilladas, bailes, salvas de cañonazos, fuegos artificiales e iluminación extraordinaria en la ciudad. Ni medidas populistas como estas, que practicó durante todo su reinado, ni su gran proyecto reformista para España, improvisado pero entusiasta, habían servido al rey para conquistar el corazón de los madrileños, ni de los españoles en general.

Benito Pérez Galdós, en sus Episodios Nacionales, imaginó la salida del rey sin poder evitar la comparación con las lágrimas de Boabdil al dejar Granada:

Cuando el coche, pasado el arco de San Vicente, torció a la derecha en dirección a la Puerta de Hierro, Su Majestad, que hablaba con el general Jourdan, dejó a este con la palabra en suspenso, y se asomó por la portezuela para contemplar el real palacio que quedaba detrás, sentado en los bordes de la villa, con un pie arriba y otro abajo, destacando su enorme cuerpo blanco sobre las rampas de ladrillo que le sirven de trono y sobre la verdura de los árboles que le sirven de alfombra. José Bonaparte dirigió al edificio una mirada en la cual difícilmente podrían conocerse los sentimientos de su corazón. Aquel abandonado albergue que veía Su Majestad tras sí, ¿era una mansión risueña, de la cual no podía alejarse sin pena, o por el contrario, cueva horrorosa en cuyo recinto no había sino cautiverio y tristeza? ¿Era grata al intruso la idea del regreso, o se complacía su ánimo con el pensamiento de perder de vista para siempre la enorme casa blanca y las rojas murallas y el jardín rastrero entre cuyo follaje levanta el abollado sombrerete de su techo, la ermita de la Virgen del Puerto?...

Napoleón el Chico, después del triste mirar, recostose taciturno en el fondo del coche, mas no oyeron sus cortesanos ningún suspiro como el que en parecido caso regaló a la historia Boabdil el de Granada. Reanudose la conversación entre José y el mariscal Jourdan. Madrid y su palacio y su polvo y su claro cielo y su aire sutil no fueron ya para el hermano de Bonaparte más que un recuerdo. Benito Pérez Galdós. Episodios Nacionales. Segunda Serie; 11: El equipaje del Rey José. Madrid, Imprenta y Litografía de La Guirnalda, 1875, p. 14-15


viernes, 14 de diciembre de 2012

La entrada de Wellington en Madrid el 12 de agosto de 1812

La incontestable victoria del bando hispano-británico conseguida sobre las tropas napoleónicas del mariscal Marmont el 22 de julio de 1812 en Arapiles, muy cerca de Salamanca, despejó el camino del duque de Wellington hacia Madrid. Una coplilla de la época resume de un modo muy gráfico la batalla:

Depertó el león

Y se esperezó

Y abriendo la boca

Se tragó a Marmont.

¡Viva Velintón!

La reacción en Madrid fue inmediata. El embajador de Napoleón en España, el conde Laforest, escribió: “Los espíritus se hallan allí [en Madrid] secretamente inquietos. Hacer una retirada sería incomparablemente peor que la de 1808. Pocas familias españolas estaban entonces comprometidas. Hoy hay una multitud, con un gran número de familias francesas.” (Citado por Manuel Moreno Alonso, José Bonaparte. Un rey republicano en el trono de España. La Esfera de los Libros. Madrid, 2008, p. 361).

El mariscal Soult negó su apoyo al José Bonaparte para defender Madrid y el rey decidió abandonar la capital entre el 10 y el 11 de agosto. En compañía de unos 20.000 soldados y 10.000 civiles marchó a Valencia, aunque dejó una guarnición de unos 2.500 hombres y 200 piezas de artillería en el Fuerte de El Retiro para dificultar la posible persecución de los hispano-británicos.

El 12 de agosto Madrid amaneció excitada y expectante. A primera hora entraron en la ciudad entre aclamaciones algunos afamados guerrilleros, entre los que destacaban Juan Martín Díez el Empecinado y Juan Palarea el Médico. Seguramente accedieron a Madrid por la Puerta de Alcalá, recorrieron la calle del mismo nombre y luego la Puerta del Sol y la calle Mayor hasta la Casa de la Villa. Allí se reunieron con los miembros del ayuntamiento josefino que no habían huido a Valencia y se dirigieron todos juntos a la Puerta de San Vicente, donde hacia las 10 horas recibieron al duque de Wellington y sus tropas, entre el júbilo popular. Un oficial británico aseguró que nunca había sido besado antes por tantas chicas guapas y el propio Wellington se refirió a los madrileños como un pueblo loco de alegría.

A continuación se dirigieron de nuevo a la Casa de la Villa, a cuyo balcón salieron entre aclamaciones Wellington y los líderes guerrilleros. Las tropas británicas se hicieron con el control de la ciudad y su general se alojó en el Palacio Real. A través de un bando se animó a los madrileños a mantener orden y se anunció la proclamación de la Constitución al día siguiente y la renovación del gobierno municipal. En la mañana del día 14 se completó la conquista de El Retiro.

Detalle del Plano de Madrid de Juan López. 1812
Biblioteca Regional de Madrid. Posible itinerario del duque de Wellington en su entrada a Madrid en la mañana del 12 de agosto de 1812
Entre los muchos relatos de esta entrada triunfal de las tropas patriotas en Madrid podemos citar el del liberal y patriota José María Queipo de Llano, Conde de Toreno, en su Historia del levantamiento, guerra y revolución de España, escrita entre 1827 y 1836:

Dadas las diez, y echadas las campanas á vuelo, empezaron poco despues á pisar el suelo de la capital los aliados y varios jefes de guerrilla, señaladamente entre ellos D. Juan Martin el Empecinado y D. Juan Palarea. No tardó en presentarse por la puerta de San Vicente lord Wellington, á quien salió á recibir el Ayuntamiento formado de nuevo, y le llevó á la casa de la Villa, en donde, asomándose al balcon acompañado del Empecinado, fué saludado por la muchedumbre con grandes aclamaciones. Se le hospedó en Palacio, en alojamiento correspondiente y suntuoso. Las tropas todas entraron en la capital en medio de muchos vivas, habiéndose colgado y adornado las casas como por encanto. Obsequiaron los moradores á los nuestros y á los aliados con esmero, y hasta el punto que lo consentian las estrecheces y la miseria á que se veian reducidos. Las aclamaciones no cesaron en muchos dias, y abrazábanse los vecinos unos á otros, gozándose casi todos no ménos en el contentamiento ajeno que en el propio.


Retratos del Empecinado y de Wellington realizados por Goya en 1812 superpuestos al balcón de la Casa de la Villa
También destaca el testimonio de Mesonero Romanos, testigo con 9 años de edad, de los acontecimientos, que relata en sus Memorias de un Setentón natural y vecino de Madrid. publicadas en 1881:

En efecto, a la mañana siguiente, a primera hora, grandes y pequeños, todos estábamos vestidos, y servido que fue el indispensable chocolate, salimos en dirección a la Puerta del Sol, no sin asistir antes a la primera misa en la iglesia del Carmen Calzado. -Un gran gentío esperaba la llegada del ejército aliado: los balcones de las casas de Correos, Aduana y Academia, y todos los particulares en general, estaban engalanados con sendas colgaduras, y la alegría y animación del pueblo contrastaban sobremanera con el lúgubre cuadro que ofrecía los días anteriores. -Pasaban, sin embargo, las horas, y daban las siete, las ocho, las nueve, apareciendo sólo a largos intervalos alguno que otro soldado de caballería, procedente de las partidas o guerrillas próximas a entrar, y que parecía dirigirse hacia el Ayuntamiento, dando vivas atronadores a España y a Fernando VII, que eran contestados con igual fervor; hasta que poco después de las nueve un gran vocerío y el repique de campanas nos anunció la presencia en la calle de Alcalá de las famosas partidas castellanas, a cuya cabeza venían sus ilustres jefes D. Juan Martín Díez (el Empecinado), D. Juan Palarea (el Médico), D. Manuel Hernández (el Abuelo) y D. Francisco Abad (Chaleco), las cuales, desfilando por la Puerta del Sol y calle Mayor, siguieron en medio de una entusiasta ovación hasta el Ayuntamiento, desde donde, poniéndose a su frente esta corporación con sus maceros y timbales, continuaron luego a la puerta de San Vicente, llegando a ella a la misma hora en que se presentaba el ejército anglo-hispano-portugués con su ilustre jefe lord Wellingthon y los generales Álava, España y Conde de Amarante.

Llegados que fueron todos a la Casa Consistorial, en donde la Municipalidad tenía preparado un sencillo obsequio a los ilustres caudillos, presentáronse estos en el balcón principal, procurando el Lord corresponder a las aclamaciones del pueblo con toda la cortesía compatible con la aspereza del carácter inglés y el orgullo especial de Su Gracia; y los generales y guerrilleros españoles con toda la efusión y marcialidad propias de nuestro carácter meridional. El Empecinado, sobre todo, fue el verdadero héroe del día, como el objeto culminante a quien se dirigían los ecos del entusiasmo popular, en justa recompensa de la celebridad que le habían granjeado sus hazañas.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Teresa Cabarrús, una carabanchelera en la revolución francesa

Teresa Cabarrús, hija de Antonia Galabert y Francisco Cabarrús, nació en Carabanchel Alto el 31 de julio de 1773. Fue bautizada en la parroquia de San Pedro, apenas seis años antes de que Manuel Martín Rodríguez y Ventura Rodríguez construyeran la nueva torre, que aún permanece en pie. Del resto del templo, cuyo origen se remonta al siglo XV, nada queda y un anodino edificio religioso moderno sustituye al original. Un cartón para tapiz, obra de Ramón Bayeu, nos ofrece una imagen muy interesante de la iglesia, precisamente de la época en la que Teresa vivió en Carabanchel, puesto que está fechada en 1777. El cartón ilustra una corrida de toros en la plaza del pueblo ante la iglesia de San Pedro, que aparece al fondo a la derecha.



Reinaba entonces Carlos III y Francisco Cabarrús, su padre, aún no era el gran hombre de estado en que luego se convirtió. Cabarrús era francés de origen, nacido en Bayona y emigrado a nuestro país, donde se naturalizó español años después. Se casó en 1771 con Antonia, hija de un comerciante francés instalado en Zaragoza para el que trabajaba. Un año después de la boda, el suegro de Cabarrús envió al matrimonio junto a su hermano, dueño de una fábrica de jabón en Carabanchel Bajo. Cabarrús y su esposa se instalaron en la localidad y Francisco se convirtió en director de la fábrica. Al año siguiente nació Teresa, en una finca a la que llamaban Château Saint Pierre, cuya ubicación precisa se desconoce, pero que al parecer se encontraba aproximadamente donde hoy se levanta el hospital de la Fundación Instituto San José, muy cerca del Aeródromo de Cuatro Vientos y del límite con Leganés.

Más adelante, un primo de Francisco Cabarrús fue introduciendo a éste en negocios más importantes y pronto se convirtió en representante de comercios franceses en Madrid. Inició entonces una carrera que le llevó a relacionarse con los hombres más importantes de la época, a ingresar en la Sociedad Económica Matritense y a proponer la creación del Banco de San Carlos, del que fue director, lo que propició que Carlos IV le otorgara el título de conde en 1789. Creó importantes compañías comerciales, desarrolló grandes proyectos y expuso sus ideas ilustradas en un buen número de interesantes textos. Falleció en 1810, cuando era ministro de Hacienda de José Bonaparte.

Mucho tiempo antes, Francisco Cabarrús había decidido enviar a Teresa y a sus dos hijos varones a su país natal para que completaran allí su educación. Con sólo 15 años, en 1788, se casó con el joven aristócrata Jean Jacques Devin de Fontanay, que la introdujo en los salones aristocráticos, en los que se hizo muy conocida por su personalidad, su inteligencia y su belleza. Además en aquellos frenéticos tiempos se vinculó a los círculos revolucionarios moderados.

En 1792 se divorciaron Jean Jacques y Teresa, que decidió entonces seguramente poner rumbo a España para huir de la Revolución, que había entrado en su periodo más radical. De camino a su país natal, fue encarcelada en Burdeos, donde Jean-Lambert Tallien, político jacobino enviado desde París para establecer el Terror en provincias, le salvó la vida; en efecto, Tallien estaba haciendo trabajar a la guillotina en Burdeos a buen ritmo cuando se enamoró de la carabanchelera Teresa, a la que tal vez conocía desde antes. A la relación que iniciaron ambos y a la influencia de la Cabarrús se suele atribuir el descenso en el número de ejecuciones en Burdeos.

Tal vez por este motivo, Tallien fue entonces víctima de las purgas internas impulsadas por Robespierre. Teresa fue encarcelada en París y condenada a muerte, aunque la pena no llegó a ejecutarse. El 9 de termidor del año II (27 de julio de 1794) Saint-Just fue interrumpido en el Comité de Salvación Pública por Tallien, que acusó a Robespierre de ejercer una tiranía. Estalló entonces la conspiración que acabó con el periodo del Terror y dio paso a la Convención Termidoriana. Tallien y Cabarrús se casaron ese mismo año y Teresa empezó a ser conocida como Notre-Dame de Thermidor, ya que a su influencia se atribuyó la decisiva evolución política de Tallien, desde el Terror hasta la Reacción Termidoriana. Al año siguiente, Tallien fue elegido Presidente de la Convención, aunque su poder pronto decayó con el inicio del Directorio a finales de 1795.

Durante su matrimonio y después de su divorcio en 1802 se le conocen sucesivas relaciones con destacados militares, políticos y banqueros de la Francia revolucionaria y napoleónica, lo que provocó su expulsión de los salones imperiales, ya que su conducta se consideraba escandalosa. En 1805 se casó por tercera vez con François Joseph de Riquet de Caraman, conde de Caraman, y más adelante príncipe de Chimay. De esa época es el delicado retrato que se conserva en el Museo Carnavalet de Historia de París, obra de Françoise Gérard; Teresa aparece representada de cuerpo entero, ataviada a la moda neoclásica francesa del Directorio, con tocado de flores.



 
Después de disfrutar del periodo tal vez más tranquilo en su vida, en el que, sin embargo no dejó de ser una verdadera estrella de los salones parisinos, Teresa Cabarrús falleció en 1835 en el Château des Princes de Chimay, en Bélgica.



jueves, 22 de marzo de 2012

1812: El hambre de Madrid

En tiempos de crisis no viene mal volver la vista atrás y descubrir en nuestro pasado episodios mucho más funestos que los actuales. De este modo podremos, no sólo cerciorarnos de que cualquier situación, por mala que sea, es susceptible de empeorar, sino también, lo que es más importante, comprobar que se puede salir de los más profundos abismos, si bien sólo mediante el impulso de una transformación radical.

Cuando la mayoría de los congresistas de Cádiz celebraban el nacimiento de la Constitución de 1812, no por casualidad en el día del santo del “rey intruso”, el Madrid de José Bonaparte se retorcía de hambre. El devastador conflicto que asolaba España había convertido a los campesinos en soldados y guerrilleros y el abandono de los cultivos propició un paisaje desolador. Al mismo tiempo, la guerra de desgaste emprendida por ambos bandos había diezmado los víveres y dificultado enormemente las comunicaciones. En estas circunstancias, la populosa sede de la Corte josefina, que congregaba cerca de 200.000 habitantes, sufría posiblemente más que ninguna otra ciudad española, las consecuencias de la falta de alimentos. Los investigadores cifran en más de 20.000 los fallecidos a causa de la hambruna en Madrid entre el verano de 1811 y el de 1812.

Un “setentón, natural y vecino de Madrid”, Mesonero Romanos recordaba así muchos años después, la ciudad de su infancia:

El espectáculo, en verdad, que presentaba entonces la población de Madrid, es de aquellos que no se olvidan jamás. -Hombres, mujeres y niños de todas condiciones abandonando sus míseras viviendas, arrastrándose moribundos a la calle para implorar la caridad pública, para arrebatar siquiera no fuese más que un troncho de verdura, que en época normal se arroja al basurero; un pedazo de galleta enmohecida, una patata, un caldo que algún mísero tendero pudiera ofrecerles para dilatar por algunos instantes su extenuación y su muerte; una limosna de dos cuartos para comprar uno de los famosos bocadillos de cebolla con harina de almortas que vendían los antiguos barquilleros, o algunas castañas o bellotas, de que solíamos privarnos con abnegación los muchachos que íbamos a la escuela; este espectáculo de desesperación y de angustia; la vista de infinitos seres humanos espirando en medio de las calles y en pleno día; los lamentos de las mujeres y de los niños al lado de los cadáveres de sus padres y hermanos tendidos en las aceras, y que eran recogidos dos veces al día por los carros de las parroquias; aquel gemir prolongado, universal y lastimero de la suprema agonía de tantos desdichados, inspiraba a los escasos transeúntes, hambrientos igualmente, un terror invencible y daba a sus facciones el propio aspecto cadavérico. -La misma atmósfera, impregnada de gases mefíticos, parecía extender un manto fúnebre sobre toda la población, a cuyo recuerdo solo, siento helarse mi imaginación y embotarse la pluma en mi mano. -Bastárame decir, como un simple recuerdo, que en el corto trayecto de unos trescientos pasos que mediaban entre mi casa y la escuela de primeras letras, conté un día hasta siete personas entre cadáveres y moribundos, y que me volví llorando a mi casa a arrojarme en los brazos de mi angustiada madre, que no me permitió en algunos meses volver a la escuela.

Más adelante, Mesonero se refiere a la actitud de los soldados franceses y del rey José ante la crítica situación:

Los mismos soldados franceses, que también debían participar relativamente de la escasez general, mostrábanse sentidos y aterrorizados, y se apresuraban a contribuir con sus limosnas al socorro de los hambrientos moribundos; limosnas que, en algunas ocasiones solían estos rechazar, no sé si heroica o temerariamente, por venir de mano de sus enemigos; y en esta actitud es como nos los representa el famoso cuadro de Aparicio, titulado El Hambre de Madrid, al cual seguramente podrán hacerse objeciones muy fundadas bajo el aspecto artístico, pero que en cuanto al pensamiento general ofrece un gran carácter de verdad histórica, como así debió reconocerlo el pueblo de Madrid, que acudió a la exposición de este cuadro, verificada en el patio de la Academia de San Fernando el año de 1815.


José Aparcio. El hambre de Madrid. 1818. Museo del Prado (en depósito en el Museo de Historia de Madrid)

El mismo rey José, que a su vuelta de París, adonde había ido a felicitar al Emperador por el nacimiento de su hijo el Rey de Roma, o más bien, para impetrar algún auxilio pecuniario, que le fue concedido, y se halló con esta angustiosa situación del pueblo de Madrid, desde el primer momento acudió con subvenciones o limosnas, dispensadas a la Municipalidad, a los curas párrocos y a las diputaciones de los barrios. -Quiso además reunir en su presencia a estas tres clases, y las convocó con este objeto en el Palacio Real. Allí acudió mi padre, como todos los demás, y a su regreso a casa no podía menos de manifestar la sorpresa que le había causado la presencia del Rey, que, según él mismo decía con sincera extrañeza, ni era tuerto, ni parecía borracho, ni dominado tampoco por el orgullo de su posición; antes bien, en la sentida arenga que les dirigió en su lenguaje chapurrado (y que mi padre remedaba con suma gracia) se manifestó profundamente afligido por la miseria del pueblo, haciéndoles saber su decisión de contribuir a aliviarla hasta donde fuera posible, rogándoles encarecidamente se sirvieran ayudarle a realizar sus propósitos y sus disposiciones benéficas, para lo cual había destinado una crecida suma, que se repartió a prorrata entre las clases congregadas. -Seguramente (decía mi padre) este hombre es bueno: ¡lástima que se llame Bonaparte!

Texto de Ramón Mesonero Romanos. Memorias de un Setentón natural y vecino de Madrid. 1881

sábado, 26 de febrero de 2011

José Bonaparte en el origen de la plaza de Oriente

Sin duda, los principales espacios abiertos por iniciativa de José I en el abigarrado Madrid de principios del siglo XIX fueron los del entorno del Palacio Real, en especial el solar que dio lugar a la Plaza de Oriente. Los derribos que los originaron, que retomaban con mayor audacia ideas de arquitectos reales del siglo XVIII, como Sachetti y Sabatini, se realizaron por real decreto de 14 de diciembre de 1809. Juan de Villanueva dirigió las demoliciones de las manzanas situadas al sur y al este del Palacio, que se llevaron a cabo después de indemnizar a los dueños de las casas. Las primeras manzanas demolidas fueron las meridionales, es decir la 444, la 445 y otras sin numerar y, a continuación, las ubicadas a oriente, como la 431, la 432, la 433, el Convento de San Gil y el pasadizo de la Encarnación, donde se encontraba la Biblioteca Real. Más tarde se añadieron las que llevaban los números 437, 438, 439, 442 y 443, así como la iglesia de San Juan, cuyo solar acabó formando parte de la posterior plaza de Ramales.

Los reales decretos de 3 de marzo y 4 de agosto de 1810 regularon las indemnizaciones a los dueños de las casas derribadas y establecieron la forma de llevar a cabo las tasaciones. Los certificados eran emitidos por arquitectos designados por la Dirección General de Bienes Nacionales.

Es evidente, por lo tanto, que se proyectaba una gran plaza al este del Palacio, aunque no se conoce ninguna propuesta concreta de la época y, de hecho, durante mucho tiempo permaneció sin urbanizar. Según Mesonero Romanos, existía también un plan para trazar una gran avenida hasta la puerta del Sol siguiendo el trazado de la calle de Arenal. Por último, se encargó a Villanueva ajardinar el espacio situado entre la fachada norte del Palacio y las Caballerizas, que estaban ubicadas donde actualmente se encuentran los Jardines de Sabatini.

Si comparamos los magníficos planos de Tomás y Juan López, padre e hijo, podemos apreciar la importancia de las demoliciones realizadas por orden de José I a oriente de Palacio. El primero de los planos, publicado en 1785, representa el Madrid que encontró José Bonaparte, ya que recoge las obras ordenadas por Fernando VI y Carlos III, las últimas de importancia antes de 1808. El plano de Juan López, realizado a instancias de José I y publicado en 1812, es en realidad es una copia actualizada del anterior que recoge las reformas impulsadas por el rey

A continuación ofrecemos los detalles de ambos planos, primero el de Tomás López (1785)...



... y a continuación el de Juan López (1812)



Más información aquí

lunes, 2 de agosto de 2010

Exposición: El Madrid de José Bonaparte

Cartel de la exposición
Atacama Servicios Culturales organizó en el año 2008 una exposición en la Biblioteca Regional de la Comunidad de Madrid titulada el Madrid de José Bonaparte.
La muestra permaneció abierta del 14 de octubre al 12 de diciembre y se editó un catálogo.
Tanto la información sobre la muestra, como el catálogo y el cartel que se expuso se pueden descargar o consultar en el enlace adjunto:

Vista de una de las salas de la exposición en la Biblioteca Regional "Joaquín Leguina"